Alberto Urrutia

Capítulo 9: El chico del coro

Sto Tomás -1

-Estás admitido. Vas a cantar de bajo. Mira, ése es  George, tu jefe de cuerda.
Ignoraba yo hasta qué punto, a partir de oír estas palabras, se me abría  un mundo entero de aprendizaje, disfrute, deleite, viajes,  amistad y  enamoramientos, variados, intensos, extensos, contrariados las más de las veces, consentidos algunas…
Acababa de entrar en el Coro Santo Tomás de Aquino de la Universidad Complutense de Madrid y la persona que me admitió en ella, tras la pertinente realización de la prueba de voz fue su entonces director, José Luis Zamanillo. Corría el año 1976.
Francamente, no sé qué hubiera sido de mi existencia sin tal descubrimiento. Ya he contado que las perspectivas que me ofrecía la vida de estudiante no se me hacían muy agradables de sobrellevar, sino al contrario. No era solo la Facultad de Ciencias de la Información, que efectivamente, no parecía un lugar muy acorde con mi personalidad en el que pudiera encontrar posibilidades ciertas  para mi  desarrollo personal. Era un peso muy grande, como una losa, que me parece identificar, pasado ya mucho tiempo de ello, con las agobiantes expectativas que mi padre había depositado en mí como continuador de su trayectoria profesional.
En contraste con ello y bien al contrario, lo primero que sentía al entrar en el viejo caserón de la Universidad de la Carrera de San Bernardo, donde ensayaba el coro, era un inmenso alivio, un sentimiento de ligereza espiritual y de franca liberación. Ya desde el principio, si bien con la consiguiente inicial timidez, empecé a notar que nadaba en aguas mucho más propicias a mi persona. Que allí yo podía ser  yo y que era posible vivir sin esa penosa sensación de bloqueo que sentía en la Facultad. Recuerdo además que andaba leyendo esos días a Baroja, El árbol de la Ciencia, a lo mejor, donde muchos de sus personajes, incluido su protagonista, Andrés Hurtado, deambulaban por aquel escenario de la vieja Universidad Central en el que yo me encontrabadurante las horas de ensayo. Justo lo que necesitaban  mis ensoñaciones para campar a sus anchas.

Cómo me gustaba, además, aquella decimonónica sala de ensayos. No he vuelto a cantar en otra que me resultara más agradable, con aquellos pupitres de madera antigua instalados  sobre unas gradas y aquellos  globos de luz amarilla… También la persona que teníamos enfrente parecía – y sigue pareciendo – un tanto extemporánea: José Luis Zamanillo, un excelente músico, pura pasión y afectividad, que venía de dirigir lo que fue el primer episodio de una coral que luego llegó a tener una importante trayectoria y en la que yo y otros muchos amigos y amigas pasamos días felicísimos:  TAK.
Pero en Santo Tomás había que guardar las composturas. Por algo era entonces el coro más importante y de mayor prestigio de Madrid. Aunque no “vestía” mucho en aquellos tiempos, sobre todo en los ambientes universitarios, decir que cantabas en un coro, ni mucho menos.  Eso de decir que ibas cantando “gorigoris” de iglesia, como que no quedaba muy “cool”. Mejor, según en qué determinados ambientes, no comentarlo por cómo te pudieran mirar. Pero la verdad es que me importaba bastante poco. Se me había abierto otro boquete por el que respirar y lograr que entrara aire en mi asfixiada existencia, y no era cuestión de despreciarlo, ni mucho menos, por lo que pudieran decir algunos.
Me gustaba mucho ensayar y descubrí en la práctica de la música coral una  actividad que me producía gran satisfacción. Me quedaba muchas veces embelesado escuchando las cuatro habituales armonías surgidas de aquellas voces jóvenes y hermosas. El Renacimiento con sus cancioneros: el de Palacio, Medinaceli o  Upsala, la polifonía sacra, Tomás Luis de Victoria, Palestrina…  Los grandes  genios del Barroco, Bach, Haendel… A este respecto debo de recordar la impresión profunda de una tarde de primavera cuando, no habiendo  debutado yo aun en el coro, escuché el Aleluya de Haendel interpretado por mis compañeros en la Basílica de San Francisco El Grande de Madrid. Creí levitar. El marco magnífico de ese maravillo templo neoclásico  concordaba perfectamente con las armonías que se desprendían de esa no por muy conocida, menos extraordinaria composición del  genial músico alemán y ayudaba a escucharlas en toda su magnificencia.
La cosa no pudo salirme más redonda, pues, poco después, ese mismo verano, la coral fue invitada a participar en un certamen llamado Juventud y música en Viena que organizaba el Ayuntamiento de, en lo musical, tan acrisolada ciudad, al que acudimos varios coros de todo el mundo en el marco del delicioso verano austriaco. Quedamos muy bien en los diversos conciertos que dimos. Yo ya iba estrechando amistades con muchos compañeros y mirando  con el rabillo del ojo y especial interés  a varias preciosidades de mi edad –éramos de los jovencitos- , ya fueran sopranos o contraltos, sin haber precisado aún del todo quienes se iban a convertir en  objetivo prioritario de mi sentimentalidad.
Jamás olvidaré la maravillosa fiesta con la que nos despidió a todos los participantes en el certamen el Ayuntamiento de Viena. En aquella ocasión, confieso que hice de menos a mis compañeras de coro para prestar toda mi atención a una encantadora japonesita de preciosas facciones con la que  me marqué un  maravilloso Rock around the clock de Bill Halley y Los Cometas. Hicimos corrillo y todo a nuestro alrededor. Me dio apuntado en un papel, con perfecta caligrafía occidental, su nombre y su dirección para que la escribiera, pero lamentablemente, la debí perder en un trasiego del equipaje. Pero algo acabé sacando en claro de todo aquello: yo no era el  muermo de tío que había llegado a pensar que era.
Si otros lo hicieron en Paris o viendo películas en Perpiñán, yo vi el primer desnudo en público de mi vida en un cine vienés, en compañía de algunos compañeros  de la coral. Tras la proyección de una película erótica, en la que no dejaban de censurarse con una tirita negra las partes pudendas de los actores,  salieron algunas chicas a realizar un espectáculo de striptease en toda regla. Ni qué decir tiene la atención tremenda que pudimos prestar a aquella actuación tres sedientos jovencitos españoles en aquellos años. Luego, continuamos un grupo de amigos el viaje, ya  por nuestra cuenta y al margen de la coral, en dirección a Praga, lo que supuso para nosotros una emocionante y singular aventura,  la de poder conocer de primera mano un país de los de detrás del entonces llamado “Telón de acero”.

universidad-central-de-madrid- 2
Pero al inicio del nuevo curso José Luis Zamanillo comenzó a tener problemas y a ser cuestionado por la junta directiva de la coral. Tal vez carente de mano izquierda, imprescindible si es que se quiere sobrevivir en este tipo de actividades, presentó la dimisión y ellos obligó a muchos a tomar partido: quedarnos o seguirle. Yo le estaba tremendamente agradecido, pues había sido gracias a él que había podido hacer un gran viaje por Centro Europa  sin apenas coste, y hallaba además una gran identificación con su modo de sentir la música. Opté por irme con él aunque, tal vez, lo aconsejable  habría sido quedarse en tan magnífico coro, lleno de tradición y solera: poco después, Santo Tomás era de nuevo invitado a hacer una gran gira por Brasil y Argentina, con todos los gastos pagados por la gran cadena de comunicación brasileña O Globo. Además,  el director que sucedió a Zamanillo, el gallego Miguel Groba, otro excelente músico, fue designado para  poner en marcha el recién fundado Coro de la Comunidad de Madrid, y llamó  para formar parte del mismo a algunos miembros de Santo Tomás, entre quienes podría haberme encontrado. Los cantantes de este coro recibían una razonable cantidad económica mensual en concepto de beca, a cambio también de comprometerse a efectuar estudios musicales, si es que no los estuvieran realizando en ese momento.
Total que algunos cuantos locos “zamanillistas” nos fuimos a ensayar durante varios meses a un taller de maquetas  que puso a nuestra disposición el marido de una catalana entrañable, Pepita Terrats, una mujer encantadora, casi devota del talento del maestro Zamanillo. Se trataba de volver a resucitar aquella primera coral TAK que tan importante había sido ya para algunos de los que volvían a reunirse de nuevo. Pero no era aún el momento. Le llegaría algunos años después, en plena década de los ochenta, de manera sonadísima además. Lo bueno de todo –y al final lo malo ¡Ay!-  fue que  María José, una delicada y preciosa soprano, estudiante de filología que en principio había decidido quedarse en  Santo Tomás, se presentó un día en aquel taller para ensayar. Decía que le gustaba más el hacer de Zamanillo  y que nos echaba de menos a unos cuantos…
Suelo contar a los amigos que se avienen a escuchar mi ya dilatada historia que yo me hice como persona cantando en coros.  En ellos aprendí, disfruté, compartí, gané, perdí, hice amistades duraderas y también efectué mi educación sentimental entablando relación con varias mujeres con las que coincidí cantando en todo este tiempo, en diversas corales y grupos. Me gustaría ser más prolijo en este campo y contar más cosas al respecto pero ¡Caray!, es que comienza uno a remover rescoldos  en la memoria propia y se da cuenta de que no es posible: todavía  persisten brasas encendidas  que queman en el alma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s