Carlos Hevia Fernández

Mal dadas: ellos no bailan mucho

Mal-dadas

They Don’t Dance Much es una novela de James Ross de 1940, revisada por su autor en 1968 y publicada por primera vez en España en el 2013 con el título de Mal dadas (Sajalín Editores). El título original en inglés y el elegido para su edición en castellano nos alertan antes de leer la primera página de que las cosas no van a ir bien. Sea cual sea el negocio en el que sus protagonistas se enreden.

En plena Gran Depresión, Jack McDonald, un algodonero arruinado que aún debe el dinero del entierro de su madre, se asocia con Smut Milligan, un tipo sin escrúpulos criado en orfanatos y hogares de acogida. Alrededor de una vieja gasolinera y un taller mecánico levantan un restaurante, una sala de baile y unas cuantas cabañas para hospedar viajeros, a la vez que venden alcohol  de moonshiner y organizan partidas de póker clandestinas. En realidad, el dinero lo pone Smut, que se ha endeudado con el banquero de Corinth, una pequeña ciudad de Carolina del Norte que vive de las hilaturas de algodón. Smut contrata a Jack como segundo de a bordo y encargado del local cuando él tiene que ausentarse.

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James Ross

A Smut, los pagos de los préstamos le tienen preocupado, sobre todo al principio, cuando los clientes parecen remisos a llenar el local. Aunque pronto las cosas cambian, la gente del pueblo empieza a acudir en masa y la caja registradora rebosa billetes cada noche. La pena es que eso no ocurriera antes de que Smut sufriera un revés en el juego y cavilase otro modo de conseguir dinero para no perder su inversión, involucrando de paso a Jack en el asunto.

A partir de ahí, y tras una sucesión de crudas escenas que recuerdan a Jim Thompson, se cocina la tragedia. A fuego lento, como la cerveza del destilador ilegal Catfish, con la cadencia pausada de los largos y cálidos veranos del sur. Corinth no es Yoknapatawpha, pero las bajas pasiones que cruzan el pueblo como una corriente subterránea y los holgazanes y borrachuzos asiduos al roadhouse de Smut y Jack recuerdan al Villorrio de Faulkner.

Personajes desconfiados, lacónicos y amenazantes por los que uno no consigue sentir ninguna simpatía; diálogos concisos y verosímiles, hacen de esta rotunda novela negra injustamente arrinconada una de esas historias de las que apetece saber como acaba. No se la pierdan.

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