Jorge Alonso

Friends: la ética protestante y el espíritu del capitalismo

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«Soy un gentleman con patente tras una investigación y una confirmación y con garantía en virtud de mi pertenencia»

Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, p. 270.

¿Recuerda Joey, la serie derivada (spin off) de Friends protagonizada por Matt LeBlanc? ¿Sabe por qué no triunfó? Porque era Joey el que triunfaba. Sí, sí, sí, es cierto que sacar un personaje de su contexto coral es complicado, pero hay casos exitosos y brillantes como Frasier, y casos exitosos como Aída. En el caso de Joey no es sólo que al adorable tontorrón le hubiesen abandonado sus amigos de ¿toda la vida? Es que el italiano católico y simplón era ahora un actor de éxito con alguna luz de más. Y eso no encajaba.

Empecemos por el principio. Friends es una comedia noventera (o casi: va de 1994 a 2004), parida por la franquicia Kauffman-Crane y situada en Manhattan que relata las vicisitudes de unos jóvenes en el puñetero paso a la madurez. En Manhattan, ciudad de Nueva York. No en un pueblucho de Georgia. No en un barrio de Gijón. El grupo está compuesto por los hermanos Ross y Mónica Geller, Rachel Green, amiga del instituto, perdón, compañera del instituto de Mónica (“Tú y yo íbamos a institutos muy diferentes” le dice Mónica a Rachel), Chandler Bing (¿qué clase de apellido es ese?), la improbable Phoebe Buffay y el propio Joey Tribbiani, un italo-estadounidense, con algo de sangre portuguesa, que se ha mudado de Queens a Manhattan para medrar en su carrera como actor.

Vale, admitamos que por esa lógica sólo aplicable en Nueva York, y la ficción televisiva, estos personajes, bien por parentesco, bien por huir de una boda y dar con el café adecuado, bien por la imperiosa necesidad de encontrar compañero o compañera de piso en el barrio más caro del planeta, o casi, llegan a conocerse. A conocerse, hacerse amigos y quererse, y enrollarse, y casarse, y reproducirse. Admitamos esa posibilidad y echemos un ojo a cada cual. Ross y Mónica son dos judíos de Long Island, judíos por parte de su padre, Jack Geller (Elliot Gould, el Marlowe de El largo adios de Robert Altman muy identificado con su identidad judía, por cierto). Ross fue un estudiante brillante (un empollón de manual) que acabó doctorándose en Paleontología,  y Mónica superó su tremendo, y por supuesto hilarante, sobrepeso  dedicándose, pese a todo, a la cocina,  y sobrevive como puede a su desorden obsesivo compulsivo por la limpieza y el orden. Rachel Green, también de Long Island, es una pija. ¿Por qué ella sí y los Geller no? Porque los Geller se mudaron a Nueva York a buscarse la vida, gracias al piso heredado de la abuela en el que vive Mónica, y Rachel mantuvo una vida disipada, aunque sea universitaria, que la llevaba directa a (más) operaciones quirúrgicas, casarse con un dentista adinerado y parir herederos blancos. Afortunadamente una epifanía  llevó a Rachel al Central Perk, el café favorito de su antigua compañera de instituto, en uno de los mejores arranques de la televisión. Chandler es amigo de Ross desde la universidad, viene de una familia disfuncional que Phoebe (supuesta huérfana de madre suicida que al final no lo era, y superviviente en las malas calles del Nueva York) describe ridiculizando el “más pavo señorito Chandler” del día de Acción de Gracias.

Y luego está Joey. Ya sabe, americano de sangre italiana (su abuela ni siquiera sabe inglés) y un poco portuguesa, porque al fin y al cabo por ahí abajo andan todos revueltos, ¿no? Simplón, por decirlo suavemente, ligón, pésimo actor y entrañable compañero. “Eres tan mono” es lo que más le repiten. No es un compañero, es un acogido, es una buena obra, es un adoptado. Chandler, su compañero de piso, le mantiene durante largos periodos, le paga una operación de hernia (Joey no tiene seguro, pero tranquilo, pronto usted tampoco) y cuando los Ross-Bing planean su futuro, que en realidad es un viaje a la América idealizada de los cincuenta, bromean muy en serio con una habitación, perdón, una especie de buhardilla, para Joey, su tercer hijo adoptado.

Veamos, tenemos dos medio judíos, dos anglosajones protestantes, una superviviente alta, guapa, blanca y rubia, y un católico estúpido de Queens. Así, resumiendo. Ross, pese a su azarosa vida sentimental, va ascendiendo en su carrera hasta ser profesor de universidad. Mónica también consigue poco a poco situarse en la vida, y eso que debe recurrir al dinero de su hermano, tras intentarlo con sus padres. Cuando lo hace, Jack Geller cree que no será necesario porque seguro que ella ha ido “guardando el 20% de tus ingresos”, tal y como él la enseño. Ética protestante judía. Él y Benjamin Franklin: «Cuídate de considerar tu propiedad todo lo que posees y de vivir de acuerdo con ello. En esta ilusión caen muchas personas que tienen crédito. Para evitarlo, lleva un cálculo exacto de tus gastos e ingresos. Si te esfuerzas por prestar atención a los detalles, esto tendrá la siguiente buena consecuencia: descubrirás cómo gastos maravillosamente pequeños acaban convirtiéndose en sumas grandes y notarás que podrías haber ahorrado y qué podrás ahorrar en el futuro« (como cita Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, p. 107). Mónica tal vez no prestó atención a tan valiosa lección, Ross sí, y acaba dejándole el dinero a su hermana, quien le responde con un cariñoso: «Vaya, eres un tacañosaurio».

No entraremos en temas raciales, aunque el único personaje trascendente de color es la paleontóloga Charlie Wheeler (Aisha Tyler), que empieza saliendo con Joey para irse con Ross, claro. Y es que como bien dice Michael Moore en Estúpidos hombres blancos, este tipo de pandillas no frecuenta gente de color negro. Punto. No hablaremos tampoco de la condescendencia con que trata Rachel a todo aquel que no sea atractivo, ni de los evidentes trastornos de Phoebe, que llega a creer que su abuela se ha reencarnado en una gata, ni del pánico a la homosexualidad de los tres protagonistas masculinos, a los que les incomoda cualquier contacto físico entre ellos (pese a que Ross y Joey descubren el placer de dormir juntos la siesta) tanto como mostrar lo que sienten unos por otros, pero echemos un ojo  de nuevo a sus carreras.

Rachel a base de atractivo, esfuerzo, atractivo, conocimiento del medio, atractivo y poner en peligro su empalagosa relación de zumo de uva con Ross, pasa de ser camarera en el Central Perk (trabajo que no le dura a Joey ni un par de semanas) a ejecutiva de Ralph Laurent con oferta de trabajo en París incluida. Chandler, con un empleo gris pero rentable, asciende en su empresa de lo que sea, pero no le llena. Y tras la boda de Barbie mujercitas que le impone una Mónica que afirma que las chicas piensan en ese tipo de casamientos toda, toda, la vida, decide lanzarse a la publicidad, con éxito, porque es un tipo gracioso, y se esfuerza y consigue sus objetivos. Phoebe, que es masajista, conoce a un músico de familia bien, seco, borde y sin maldita la gracia, pero que está dispuesto a aguantar a una deliciosa enajenada… y se casa.

Joey, Joey lucha para que sus amigos no despeguen, no se le despeguen, no le abandonen, qué será de él sin ellos. Qué será de su vida cuando todos dejen en el cuenco de la entrada las llaves del apartamento de Mónica. Se irá, se irá y triunfará. Joey Tribbiani, el de la familia numerosa, el de la madre que acepta que su padre tenga una amante, el orgulloso constructor de un mueble grotescamente grande, el que se ha acostado con todo Manhattan, el que llegó a conocer el éxito en el culebrón “Los días de nuestra vida” y a despilfarrar su dinero como sólo un hortera italiano puede hacer, ese Joey se irá y triunfará. Eso no cuela, aunque sea en Los Ángeles.

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2 pensamientos en “Friends: la ética protestante y el espíritu del capitalismo

  1. Me ha entretenido el artículo. Por nostalgia, supongo. Y porque está bien escrito, pero no hay por donde cogerlo. La crítica religiosa está pillada con pinzas, y el análisis sociológico carece de profundidad y adolece de descontextualización histórica. Se queda uno con ganas de leer un artículo de la dimensión que merece lo que se insinúa.

    • Gracias de veras por el comentario, siempre es de agradecer y más aún cuando es razonado. Es cierto que faltaría explicar el significado de Queens y Long Island, del tipo de emigrantes europeos que fundaron Nueva York, de la crisis de principios de los noventa y la (ficticia) recuperación del nuevo milenio… pero este no es más que un modesto artículo, no una tesina. Aunque da para ello.
      En el caso de la religión, no se trata de una crítica, sino de un divertimento que pivota sobre lo que tan bien explicó Max Weber en la obra citada en el texto, los protestantes (en la serie) ponen en marcha la ética del trabajo y el esfuerzo, así como de la pertenencia a un grupo que se avala entre sí (comparten círculos sociales, universidad, lazos familiares… tal y como hacían las sociedades políticas y las comunidades protestantes en el S. XVIII), cosas de las que carecen los católicos, adornados con otra virtudes, pero no las necesarias para triunfar en la sociedad capitalista, dice Weber. Y con bastante tino, basta echar un ojo al centro neurálgico del capitalismo, y a los países que no llegaron a despuntar del todo en él. Curiosamente (es un decir) aquellos que ahora mismo están siendo intervenidos o estrechamente vigilados: Irlanda, Portugal, Italia y España, todos ellos católicos apostólicos y romanos (faltaría Grecia, católica ortodoxa, en todo caso no protestante).
      Pero sobre todo, como digo, la idea era divertirse y darle un par de vueltas a una serie que cito de memoria.
      Gracias de nuevo por el comentario.
      ¡Salud!
      J.

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