Alberto Urrutia

La guerra otra vez: pistolas de muerte, pistolas de pan

tondue1ok

-En mi casa “zemoz” todos “fazistas”.
No se cortaba de decirle esto a cualquiera que le quisiera escuchar, Augusto, el hijo de los vecinos del segundo izquierda, el de debajo del nuestro, de la casa de vecinos de Goya 114, según contaba nuestra madre, quien imitaba a la vez con mucha gracia el acento con que decía la frasecita el pajolero niño. La cosa no pasaría de ser una extrañeza curiosa de un chaval si a Augustito no le hubiera dado por airear esta información sobre la filiación política de su familia en plena guerra civil, en el Madrid republicano, en el barrio de Salamanca y en una casa a cuyos residentes se les había forzado a compartir sus pisos con otras personas completamente ajenas a ellas, la mayoría parejas formadas por milicianos, tanto mujeres como hombres, generalmente combatientes en el frente de la sierra de Madrid, desde donde regresaban a descansar a estas casas medio incautadas. Y vaya que si Augustito comprometió a su familia: su padre, don Porfirio, fue detenido, en unión de mi abuelo, Fernando Valenzuela, y de mi tío Santiago. El delito del que se les acusaba a los tres era el mismo: “desafección al Régimen”, o sea que, según testimonios de vecinos, compañeros y otros allegados, no parecían mostrarse lo suficientemente entusiasmados con el tan singular estado de cosas entonces existente en la zona republicana. La pena que les fue impuesta fue una condena de año y medio en el penal del Castillo de Santa Bárbara, en Alicante.

Contaba también nuestra madre que este hecho pudo ser providencial para salvar sus vidas, pues, en momentos posteriores, estando ya los ánimos completamente encendidos, podían habérselos llevado sin ni siquiera juicio que les valiera, para ser fusilados, como se llevaron a tantos por tan poco o por menos. Ignoro asimismo si fue en un momento previo o posterior a éste cuando a mi tío Fernando, entonces novicio en el seminario que los frailes agustinos tenían en Leganés, se lo llevaron también de allí en unión de sus compañeros y lo destinaron a hacer fortificaciones en primera línea a lo largo del frente de Guadalajara. Antes de ello, pasaron todos por un requisito previo de clasificación en un lugar en el que coincidieron con numerosos presos de derechas que finalmente fueron fusilados en Paracuellos del Jarama, entre ellos Pedro Muñoz Seca, el inolvidable y ya entonces reconocidísimo autor de La venganza de don Mendo. No habiendo sido todavía consagrados sacerdotes, nuestro tío Fernando contaba que él y sus compañeros no pudieron administrarles el sacramento de la confesión que muchos les solicitaban, una vez conocido su inminente y fatal destino, pero, habiendo convivido con ellos unas horas hasta el momento de su traslado final, pudieron, al menos, confortarlos espiritualmente, en la medida en que sus pocos años y su presencia de ánimo se lo permitieron.

Así que quedaron tres mujeres –en realidad no sé por qué tendría que decir que solas, si en caso de que hubieran sido tres  hombres no lo haría– prácticamente abandonadas a su suerte en el piso: nuestra abuela Gloria Horques y sus hijas Carmen –nuestra madre– y su hermana, nuestra tía María. Y cómo había cambiado su suerte en apenas unos pocos años: de vivir en una opulencia casi extravagante, propia de una rancia familia granadina, y disponer hasta de cocinera francesa a su servicio, a comer cacahuetes hervidos y algarrobas igualmente cocinadas. Entretanto, ignoraban la suerte de los tres hombres de la familia, presos a merced de cualquier contingencia, mientras en la otra parte del piso en que fue dividido la pareja de milicianos con la que convivían a la fuerza convidaba a su camaradas a comer paellas suculentas y otros manjares, teniendo ellas que conformarse con el olor del guiso que venía de la cocina. Además de sobrellevar tan parvo régimen alimentario, se pelaban también de frío, sin calefacción alguna y tapadas las ventanas como estaban con cartones, pues los bombardeos continuados sobre Madrid las habían dejado sin cristales. Una dura lección de vida que hubieron de aprender a toda velocidad sobre las veleidades de la existencia, en la que creo que mi madre puso cierto empeño en que yo reparara, de tantas veces como me lo contó, como a otros hermanos les hizo depositarios de otras enseñanzas distintas y hasta, a lo mejor, contrapuestas. Al parecer, la ayuda de otros amigos granadinos también llegados a Madrid en los últimos tiempos resultó fundamental para que las tres mujeres pudieran al menos sobrevivir a aquella situación tan penosa.
-¡Hala!, ¡a la calle, que aquí  no pintáis  nada!
Es lo que contaba mi madre que les dijo mi tío Santiago, al finalizar la guerra, a aquellos inquilinos que, de manera impuesta, habían compartido piso con mi familia. También relataba que, algunos años después, en plena posguerra, se encontró una tarde en la calle con “ella” (siempre la llamaba así, sólo con el pronombre, cuando nos revelaba estas anécdotas, aunque estoy seguro de que conocía su nombre sobradamente, buena era mi madre). Al parecer, la antigua miliciana la saludó y la abrazó sollozando mostrándole entonces un afecto que parece que estuvo lejos de manifestarle durante el tiempo en que convivieron: “Nunca fueron capaces –comentaba sobre el particular–, viendo el hambre que pasábamos, de compadecerse y darnos una sola cucharada de harina”.

Profesión de votos de mi tío Fernado. 1940
Demasiado bien parados salieron los miembros de mi familia materna, a pesar de las muchas penalidades sufridas. Al menos, conservaron sus vidas, tanto los varones como las mujeres, lo que no era muy frecuente en muchas familias de las personas que trataban. Una vez reiniciada la vida ordinaria, aunque jamás volviera la familia Valenzuela Horques a encontrarse, ni mucho menos, en la posición económica de que disfrutaban hasta el advenimiento de la República, sí paree que pudieron tomarse un tiempo y proceder a reparar al menos la salud, para lo que pasaron algunas temporadas en la montaña de León, en lo que hoy es el sumergido pueblo de Riaño, donde pudieron desquitarse de tanta privación alimentaria y respirar aire sano, del que tan necesitados estaban sus quebrantados pulmones, al menos el de las mujeres de la familia, en estado pretuberculoso. Fue en una fonda de ese precioso pueblo frontero con la cordillera Cantábrica adonde llegó un día mi padre desde Oviedo, ciudad en la que entonces trabajaba, y entabló relación con mi familia materna.
Apañado estaría si todo lo relatado hasta aquí lo estuviera con la vehemencia de quien odia por los daños inferidos a su familia. Ni mucho menos. Las cosas fueron así para mis antecesores inmediatos, como igual de negativas para otros a los que las circunstancias les hicieron encontrarse en el bando contrario. Sabido es que barbaridades se hicieron en ambas partes y por ambas partes. El resultado visto desde ese baremo no puede más que dar siempre empate técnico, y tantos motivos de inculpación y de exculpación dieron los unos como los otros. Me limito a contar desde el punto de vista  humano lo que le ocurrió a la familia de la que procedo, que, eso sí, no se podrá negar que supusieron un cúmulo de experiencias duras e intensas y, a la vez, bastante representativas de lo que les pudo ocurrir a muchas personas, en función del segmento social en el que se centre la atención y del bando al que pertenecieran. Siendo mi familia materna una familia “de orden” y aun relativamente acomodada, es comprensible que viera la figura de Franco como la del  salvador que iba a asegurar la pervivencia de su estatus, y el bando nacional como aquel en el que encuadrarse, a salvo de cualquier intento de inversión de los valores establecidos, y mucho más de una revolución. Pero su compromiso con esa causa no era, como en el caso de mi padre, inquebrantable ni apasionado, hasta el punto de estar dispuestos a dar la vida la vida por ella: “Venga: los militares ya han ganado la guerra; ahora que vuelvan a los cuarteles y que gobiernen lo civiles”, parece que comentaba nuestro abuelo a sus amigos de confianza cuando opinaba sobre la situación política, una vez acabada la contienda.
Pero es fácil concluir que la primera parte de nuestra vida fue, en lo político, franquismo puro y duro, como no podía ser de otro modo. No había otra cosa. Resultaba inconcebible que pudiera existir algo más allá de ese señor que nos miraba desde aquel cuadro en el colegio, como era imposible que el sol no saliera todos los días. Bueno, sí: a su lado, José Antonio Primo de Rivera, el mártir necesario y omnipresente. Y en contra de ellos, lo archisabido: rojos con puntiagudas orejas y rabo de diablos oliendo a azufre.
Aunque, a pesar de todo, no estaba del todo claro que la mentalidad de un niño pudiera comulgar de manera natural con todo aquello, además de con la sagrada comunión, que ésa fue otra, también archicontada. Lo digo a propósito de la composición de lugar que yo hube de hacerme a los siete u ocho años para tratar de entender lo que pudo ser la guerra: los rojos no eran españoles, eran rusos. Así que mi padre no luchó contra otros compatriotas: luchó contra los rusos de Rusia, que eran ateos y muy malos, y los ganó. Tal fue la primera y muy ingenua interpretación con que logré racionalizar la guerra en mis entendederas, incapaz de concebir que personas de un mismo país pudieran matarse entre ellas. Imagino que lo que me resultaba inconcebible era entender el concepto de guerra civil: ¿pero cómo me iba a entrar en la cabeza que a lo mejor el señor Miguel, el panadero de enfrente, tan gordito él y tan atento a su negocio, había sido un anarquista convencido militante de la FAI y se había batido el cobre y lo que no era el cobre, a tiro limpio con quienes luchaban en el bando de mi padre? ¿Cómo podía adivinar intenciones así de hostiles en alguien que me acababa de decir que cuántas pistolas quería hoy, si dos o tres, y a lo mejor hacía sólo veinticinco años había estado armado hasta los dientes con otras que no eran de pan, sino de metal, pero no de juguete como las mías, y hacían pum y mataban de verdad?

Anuncios

2 pensamientos en “La guerra otra vez: pistolas de muerte, pistolas de pan

  1. Mi abuelo Francisco Carrascón, probablemente debido a que su profesión era la de organista de diversas iglesias de Madrid (la del Buen Suceso y San Manuel y San Benito entre otras) fue uno de los que fueron fusilados en Paracuellos. Quizá en sus últimos momentos se viera reconfortado espiritualmente por uno de aquellos seminaristas entre los que se contaba tu tío. El mundo es muy pequeño, y el Madrid del 36, diminuto.

  2. Alguna vez recuerdo que me hablaste de tu abuelo, Giuse. Y además compuso un himno célebre ¿no? Pues mira,puede ser una información también reconfortante para una nieta de don Francisco saber que él pudo ser reconfortado en esos momentos tan duros..Sí, el mundo tal vez sea más chico de lo que parece. Gracias como siempre, preciosa. Un beso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s