Alberto Urrutia

Capítulo 11: El día que dejé la radio

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-¿Quién sabe dónde va a estar esta tarde Tierno Galván?
-Tierno va a estar inaugurando esta tarde eso de las “Calles de solo andar” en una plaza del Madrid  de los Austrias…
Se quedó perplejo Javier Suárez, jefe de informativos de Radio Minuto- Cadena 16  de Madrid cuando el chaval que acababa de entrar a prueba esa misma tarde le sirvió en bandeja lo que era una  información muy necesaria para el discurrir informativo de una emisora que tenía un marcado carácter local. Creo que desde entonces me cogió cierta prevención, solo porque yo no me tomé la molestia de explicarle lo que debía de haberle explicado:
-Es que da la casualidad de  tenía que estar yo cantando esta tarde ahí, que han contratado al grupo de música antigua al que pertenezco para ambientar el acto.
Pero no dije nada. Me limité a seguir aporreando a toda prisa las teclas de aquella Olivetti en la que debía demostrar que era lo suficientemente rápido escribiendo como para ser capaz de abastecer de noticias, al menos una hora de programación.
Radio Minuto – Cadena 16 fue un experimento periodístico – radiofónico que promovieron juntos la Cadena SER y el Grupo 16, entonces a partir un piñón, pues eran dos de los tres principales baluartes informativos del recientemente llegado al poder  Partido Socialista (el otro era, obviamente, el grupo PRISA, aun no fusionado con la SER). Se trataba de implantar en Madrid el equivalente de la emisora pionera de Barcelona, una peculiarísima radio – fórmula, que, dando cada cinco minutos una noticia y una canción, había logrado llegar a ser la emisora más escuchada de la capital catalana. Allí recalé yo, cómo no, por mediación de mi padre  y sus contactos en las alturas, en lo que parecía que iba a ser, después de varios tanteos, el empleo definitivo a través del que pudiera encauzar, de una vez por todas, mi futuro.
Pero la verdad es que pronto comencé a acusar las primeras dificultades: Javier, el redactor jefe y mi directo superior  no parecía tragarme. Una vez finalizado el periodo de prueba fui llamado por el director de la emisora, Ángel,  un hombre de confianza de de la SER procedente de Radio Bilbao, para comunicarme que lo tenía bastante crudo porque, sobre todo, no hacía caso a las indicaciones que sobre las noticias me daba el redactor jefe y que, o variaba mi conducta sobre el particular, o no  podría trabajar allí. Yo la verdad es que ni había reparado en ello. Escribiendo contra reloj en esas condiciones para hacer mínimamente legibles unos teletipos de agencia generalmente bastante farragosos, no sabía si además  era capaz de  hacer caso a las indicaciones de nadie. Aunque sí recuerdo haber respondido de manera bastante orgullosa e insolente a las recriminaciones que se me hacían, como el jovencito orgulloso y pagado de sí mismo que era entonces. Efectivamente, no creo que nada de esto dijera mucho en  mi favor.
El caso es que, al final ni sé cómo, acabé metiendo la cabeza, y entré a formar parte de la redacción de aquella emisora de radio. Dentro de engranaje general de la Cadena SER, Radio Minuto parecía tener entonces cierto carácter de escuela de formación para futuros redactores de los que se nutriría más tarde la casa grande, Radio Madrid y la Cadena SER propiamente dicha, cuyas oficinas podíamos  ver tan solo mirando por la ventana, desde el noveno piso de Gran Vía 32, donde estaba situada nuestra emisora. La verdad es que la enseñanza profesional que se podía obtener allí no estaba nada mal, tanto en trabajo de mesa como de calle. Allí se contaba Madrid  casi al minuto: actos políticos, municipales, culturales, espectáculos, deportes… Cada día aprendías algo nuevo. Tenía ocasión de cometer un error y de tener un acierto. Estaba bien la cosa por ese lado.
Pero yo comenzaba a sentir en mi interior que eso no era  lo mío. No vivía nada de aquello con la pasión y el interés con que otros compañeros lo vivían, ni mucho menos. La verdad era que mi vida estaba entonces centrada en el grupo de música antigua -La Agrupación Vocal e Instrumental Orfeo- del que he hecho ya referencia, formado por una gente de exquisita formación, la mayoría hijos de antiguos alumnos  de la Institución Libre de Enseñanza, a la que se encontraban ellos mismos también muy vinculados. Y, cómo no, en el platónico amor, siempre imposible de concretar, y casi de confesar por  una de las sopranos del mismo. El caso es que, siendo una actividad de aficionados, la cosa daba para mucho. La gente que llevaba el grupo tenía muy buenas relaciones y contactos en el sector cultural socialista, recientemente llegado al poder, y no dejaba de incluírsenos por ello  en todo tipo de jornadas, semanas, festivales  y otras actividades musicales, además bien pagadas generalmente.
Confieso que  cuando  pensaba en mis compañeros de la radio no dejaba de tener un cierto sentimiento despectivo hacia ellos: “Esta gente no canta” – me decía- . No, no cantaba y además sentía que mis aspiraciones vitales no coincidían,  ni poco ni mucho, con las suyas. Baste como ejemplo  contar que el acto a cubrir más codiciado por un redactor era la rueda de prensa del Consejo de Ministros de los viernes. La gente casi se pegaba por lograr ser quien informara de la misma. El redactor que lo lograba era el mejor considerado y el que se suponía que iba a ser quien con mayor  rapidez daría el salto y cruzara la Gran Vía para trabajar en Hora 25. Pues a mí me daba igual la cosa. No solo me daba igual, sino que agradecía enormemente no tener que hacerlo. Con la información de  política municipal me ocurría ídem de ídem: te pasabas el día con el casete detrás de las últimas declaraciones de Tierno, del entonces presidente de la  Comunidad, Joaquín Leguina, de los concejales… Bueno, podía tener su poquito de aventura meterle el aparato debajo de las narices a Barranco, pongo por ejemplo, y arrancarle unas declaraciones que no tuviera nadie más. Pero me iba dando cuenta de que la cosa requería de una determinación, de un empeño, y no sé si de una ambición que yo no acababa de encontrar  dentro de mí: ni era un tipo particularmente dinámico, ni me inportaba obtener la exclusiva de nada ni me enorgullecía de ser capaz de escribir doce noticias en veinte minutos. ¡Qué pajolera necesidad tendrá la gente – me decía muchas veces para desahogar la tensión- de tragarse una notica cada cinco minutos!
Así que tanto por omisión como por defecto, de lo que realmente comenzaba a  darme cuenta era que yo, mucho más que un tipo de acción, era un enfervorecido practicante de la contemplación. Es lógico por ello que mis recuerdos más amables de la radio estén ligados a algunas madrugadas en las que te tocaba hacer turno de noche y nos encontrábamos tan solo dos personas en la emisora: el locutor que también pinchaba los discos y leía las noticias y el redactor -era mi caso- encargado de suministrarlas. Pero el ritmo de trabajo era muy distinto al del día y bastaba con aplicar un pequeño retoque a las noticias ya emitidas a lo largo de la jornada para volver a darlas por la noche. En cinco minutos habías hecho el trabajo de cada hora y te podías relajar escuchando música clásica por la radio y mirando la Gran Vía dese el gran ventanal existente en la redacción. El intimismo de la luz acababa de ayudar a crear el ambiente en el que pensar en tu chica y escribirle poemas fatalmente anónimos, que es con lo que a uno le daba por rallarse entonces, que diría un chaval de hoy. La magia acababa a eso de las seis de la mañana, en que se iniciaba de nuevo  el dinamismo necesario para narrar  la rabiosa actualidad y todas esa cosas con la llegada del redactor jefe, que encendía todas las luces y otorgaba a todo aquello el habitual aspecto de granja de pollos del que ya disfrutaba a lo largo del resto de la  jornada. Bueno, al menos uno quedaba momentáneamente a salvo de todo eso y se volvía casa en un melancólico autobús, a contrapelo de toda la gente que iniciaba entonces su jornada.
Es cierto que me iba dando cuenta de que, a lo mejor mi carácter no casaba mucho con los requisitos que exige la tan dinámica profesión del periodismo, pero también es verdad que lo que uno veía a su alrededor tampoco acababa de resultarle muy alentador: por ejemplo, era muy difícil, en lo que a información política se refiere, que se radiara por esa emisora otra información que no procediera casi exclusivamente del teletipo de la Agencia a EFE, otro medio de comunicación fundamental, más que ninguno, para la realización de la cobertura informativa, por primera vez en manos del aparato socialista. Del mencionado  redactor jefe, el recuerdo que guardo es más como si hubiera sido un comisario informativo, antes que un periodista propiamente dicho, fundamentalmente atento a filtrar  la información a emitir en función de las conveniencias políticas del partido en el `poder, al que la SER se había adscrito ya de manera indudable. Cualquier otra fuente o versión de los hechos, difícilmente era tenida en cuenta. Pero que conste que lo mismo ocurría en cualquier otro medio del otro bando; esa era la conclusión que sacabas tras una noche de copas con un amigo que trabajaba en la COPE, pongo por ejemplo. Una vez finalizada la Transición, cuya conclusión suele datarse en el momento del triunfo del PSOE en las elecciones generales del 82, los partidos políticos comenzaron a “dejarse de tonterías” y se anexionaron sus correspondientes medios de comunicación, a los que pusieron al servicio de sus intereses ideológicos y políticos. La época gloriosa que supuso la Transición  para el periodismo español, en la que realmente, unos periodistas independientes y veraces prestaron a este país y a la democracia un servicio impagable, había pasado. Era ya el  momento, a mediados de los ochenta de asentarse, alinearse  y no sé si comenzar a  pasar factura por los favores realizados a unos y a otros. La prensa libre e independiente había, de este modo, dejado de tener sentido. Lo que sin duda es algo que  llega hasta nuestros días.

Plaza de Toros de Las Ventas (Madrid) 02
-Ha surgido un contrato de publicidad para retransmitir la Feria de San Isidro. Si alguien cree que puede hacerlo, que  vaya el domingo a los toros con un casete y luego que me traiga la cinta para que la oiga.
Me ofrecí para ello e hice la prueba: no pudo resultar mejor la cosa. En poco tiempo me vi todos los días en una delantera del tendido 2 de la plaza de Las Ventas con un micrófono en la mano retransmitiendo la corrida del día. Junto a ello me dio por hacer el correspondiente anuncio de la corrida del día escribiendo y grabando unas coplillas en verso que gustaron mucho. Un pequeño ejemplo de lo que hacía  puede ser éste:
¿No le sale a Vd. la cuenta
este año de La Renta?
¡Pues pásese  por Las Ventas
que  se la hace Paco Esplá!

Triunfé en toda línea. Mi padre estaba feliz conmigo. Al fin parecí responder a sus expectativas; todo el mundo me felicitaba y sin embargo, yo no me sentía, ni mucho  menos satisfecho. La sola perspectiva de volver a la mesa de redacción o de tener que ponerle el micrófono en la barbilla al concejal que tocara me daba grima. Me parecían actividades grises, sin aliciente alguno. A ello debió de sumarse el estrés generado por el esfuerzo hecho durante el “tour de force” que realicé durante el mes que duró la retransmisión de la feria. El caso es que, de puritita impulsividad, me lié un día manta a la cabeza:

-¡Me voy de aquí, no aguanto más!

A eso se le ha llamado toda la vida hacer un pan como unas hostias, pero bien hechas.

Las consecuencias de aquella  decisión aun las estoy pagando. Por supuesto a mi amada “Eurídice”, soprano del Grupo  Orfeo, me la levantó con todo merecimiento un ingeniero de caminos serio y bien situado. En casa me siguieron manteniendo porque eran muy buena gente, vaya que sí. Tal vez en otra familia  a alguien que  hubiera tomado una decisión como la mía le hubieran señalado la puerta de la calle, con razón.

En mi descargo solo podría decir que un servidor no tenía aun a esas edades, ni mucho menos, las cosas claras como las debía haber tenido. Y sin embargo y mal que me pese, no dejo de pensar también  que, siendo cierto que al abandonar la radio cometí el mayor error de mi vida, también es cierto a la vez que fue el mayor acierto que pude tener en mi vida, y que las dos cosas son,  simultáneamente, verdad.

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2 pensamientos en “Capítulo 11: El día que dejé la radio

  1. Si a algunos de nuestra generación nos hubieran dicho lo crudo que íbamos a tener lo de las lentejas 30 años más tarde, a lo mejor nos habíamos tomado más en serio lo de cotizar para cobrar pensión y esas cosas ¡pero éramos unos románticos, poéticos y artistas sin remedio, y estábamos encantados de ser así! (Yo estuve dando clases en una academia de mala muerte, donde el canalla del Director me tuvo trabajando cinco años sin cotizar por mi. Así esté ardiendo en las calderas de Pedro Botero. Pero ¡que nos quiten lo cantado!)

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