Pablo García Guerrero

David Lynch: miradas hacia el abismo

Fotografía de Miles Aldridge

Fotografía de Miles Aldridge

La Maison Européenne de la Photographie, en París, acoge la exposición de fotografías Small stories, de David Lynch, desde el 15 de enero hasta el 16 de marzo.

Películas hace pocas, pero David Lynch no para. Ya ha publicado dos discos (el último, The big dream, en julio), pulula de vez en cuando por la publicidad, diseña interiores, dibuja y hace fotografías, además de dirigir una escuela de meditación trascendental con la que quizá quiere limpiar su mente de las tinieblas que lo acechan…

La exposición que ahora presenta en París, en dos salas de la Casa Europea de la Fotografía (ocho euros la entrada, cerrado lunes y martes), consta de unas cincuenta fotografías en blanco y negro de formato medio, agrupadas bajo el título Small stories, específicamente creadas para la ocasión. Como él mismo declara, todas las imágenes son, así, pequeñas historias, esbozos de narraciones, la primera frase de un nuevo guión: niños desnudos corriendo hacia no se sabe dónde, cabezas deformes, insectos gigantes, manchas borrosas, plantas amenazantes o coches solitarios en medio de ninguna parte. Una vuelta estética y temática al salvaje onirismo de Cabeza borradora. En todos los casos se trata de composiciones hechas a base de fotomontajes o collages digitales, con fondos a base de fotogramas desenfocados, de textura gelatinosa, grasienta.

Interiores

Las fotografías se agrupan en las series Window, Interior, Heads o Still life. En las dos primeras tenemos el viaje al interior de la mente marca de la casa, un interior poblado de habitaciones desoladas donde a veces hay una mujer desnuda o una araña gigante a lomos de una niña con tutú, entre paredes con manchas oscuras, como restos de sangre antigua.

Woman with gun

Woman with a gun

Las Ventanas son el contrapunto de aquellas por las que nos hacía ojear Edward Hopper: la incertidumbre y el tedio de la vida cotidiana, sí, pero ahora en el interior de nuestra oscura imaginación, de nuestros miedos, de nuestros turbios y también cotidianos deseos. Pero no del sueño, porque, cuando sueña (en «cuadros» como Sleeping o Dreams), David Lynch abandona los interiores y siempre ve espacios abiertos, lugares extraños donde siete velas gigantes impiden o invitan a acerarse al mar, donde una tormenta amenaza una gran casa de madera rodeada de pastos entre los que se difumina el ganado inmóvil o donde un coche yace a la espera de alguien que quizá nunca vendrá. Sus sueños son también los recuerdos de infancia, un enorme caballito de madera al que dirige su mirada deforme un niño-muñeco vestido de vaquero…

Las naturalezas muertas son abstracción, manchas, líneas, borrones o sombras. Y en las Cabezas recupera la figuración para hacer quince piezas que son quizá lo mejor de la exposición. Colocadas en dos hileras de doce y tres fotografías cada una, son otras tantas declinaciones de un rostro humano sin atributos, con incipientes orejas pero sin ojos, boca o nariz, sólo una mancha grisácea, un Slender Man que parece a punto de aullarnos que se ha acabado la partida. Por esas cabezas pasan a veces sombras o manos, otras veces se les abre una herida de la que caen lágrimas plateadas o se les saltan injertos metálicos como los ojos de una mosca. Cosas así. Aterradoras y hermosas.

Hello, my name is Fred

Hello, my name is Fred

Hola, mi nombre es Fred o Mujer con arma son buenos ejemplos del propósito de Lynch en esta exposición, contar a través de las imágenes fijas «pequeñas historias, que a veces son las más interesantes»: «Las pequeñas historias se desarrollan en un periodo de tiempo muy corto. Sin embargo, cuando miramos una imagen fija pueden estar implicados el pensamiento y las emociones, y las historias pequeñas pueden desarrollarse hasta convertirse en grandes historias. Todo eso depende, desde luego, del espectador. Es casi imposible no ver una especie de historia emerger de una imagen fija. Y eso a mí me parece que es un fenómeno mágico». La historia comienza entonces al preguntarnos ¿quién es Fred?, ¿por qué la mujer del arma no tiene ojos? Son preguntas que servirían para iniciar una nueva película o una nueva serie (aunque ha desmentido el rumor de que estuviera rodando una continuación de Twin Peaks), pero con David Lynch sabemos que no tienen la respuesta que esperamos, o que las preguntas llevan a otras preguntas, más inquietantes.

Otro espacio

Todas esas preguntas y todas esas pequeñas historias piden un espacio diferente del que las acoge. Las salas dieciochescas y la luz lluviosa que entra por los ventanales del hôtel de la Maison Européenne de la Photographie no encajan con el ambiente tenebroso de las obras, con la necesidad que tienen las fotografías-historias de contarse en un entorno más sombrío, menos amplio y señorial: cuartos oscuros y abandonados formarían un lugar más apropiado para la exposición de lo que podrían ser, entonces, no «fotografías», sino «instalaciones», acompañadas quizá por esos sonidos molestos de sus canciones, el payaso loco de su primer disco bailando con el enano de Twin Peaks ante cortinajes rojos, y hasta el propio David encendiendo y apagando compulsivamente una tenue bombilla.

Quizá entonces podríamos descubrir por qué corre el niño desnudo, qué planean los insectos gigantes o quién le robó la cara a Fred. Al pobre Fred.

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