Adrián Sánchez Esbilla

La jornada en que murió Luis

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Nunca hay que despreciar la emotividad en el fútbol. Sin ella todo queda reducido a una pizarra maquinal, de jugadores-soldados a los cuales se les quita el peso de la responsabilidad de sentir y de pensar. Decía Marcelo Bielsa, y así lo recoge el periodista Federico Lareo en el libro Las razones del Loco, que «el futbolista, como todo ser humano enfrentado a la alta competencia, tiene lo que llamamos temor escénico. ¿Y cómo se neutraliza? Con la mecanización, haciendo algo que está preestablecido, practicado muchas veces, con un mínimo margen de error. La responsabilidad del fracaso ya no es del jugador porque, claro, lo practicamos mil veces en la semana y no resultó. ¿De quién es la culpa? Del entrenador, de los ejecutantes y, en el fondo, de nadie. No salió sencillamente. Por eso yo odio la mecanización, porque elimina responsabilidades. Yo quiero equipos ordenados, y no mecanizados».

La gran obra de Luis Aragonés fue darles la responsabilidad a los jugadores de la selección en aquella Eurocopa que lo cambió todo desde la belleza, la intensidad y, claro, la emotividad. Y ellos creyeron en Luis porque entendieron, sintieron, que Luis creía en ellos. «Ustedes son mejores y lo van a demostrar.» Y era verdad: y fue verdad. Y emocionó. Mucho más que el Mundial, mucho más, desde luego, que esa otra Eurocopa ganada ya desde la grandeza. Como dijo Bielsa, otra vez, al llegar a Bilbao: «Me interesan mucho más las emociones que produce pelear un título muy difícil de conseguir en un club como éste, que ganar títulos en clubes mucho más poderosos».

Ésa fue la emoción suprema de aquella Eurocopa, aquello fue lo que dio Luis, definido de modo lúcido por Rubén Uría como «un ganador con alma de perdedor», el ganar contra pronóstico, el llegar desde el fondo de la pista adelantando desde el exterior en una curva mágica y una recta ya llena de flashes.

luis_aragones_-013Luis lo hizo, además, tragando quina, y tragando mierda y aguantando al niñato de la canción de Los Planetas y a sus palmeros y oyendo que era un despojo humano y convirtiéndose en un chiste cruel que iba de grada en grada. Se acorazó, más cabezón que siempre, y se dijo que aquello lo hacía por sus cojones y que si no era capaz de llegar a la final con aquel grupo excepcional, entonces «es que soy un mierda, es que he organizado una mierda de equipo». Cómo no iban entonces esos jugadores a responder si aquel hombre había sido capaz de sacrificar hasta su prestigio por ellos. Y Luis hizo un bola de todo aquello, y se la tragó, la empujó a lo más profundo y después la excretó convertida en un diamante como cuando Supermán aprieta un carbón entre sus manos sacando belleza de la fealdad, emoción del desprecio.

Simeone, en cambio, sólo escucha parabienes, merecidos, y su prestigo se está forjando y no está expuesto para escarnio público, peros su Atlético se parece a Luis en esa emotividad que en el equipo del Cholo parece no apreciarse bajo los elogios a su consistencia táctica, a su férreo orden y a su talento exprimido hasta la última gota. Pero todo esto es producto de lo que de verdad importa: la emoción. Como con aquella España radiante, Simeone ha logrado que los jugadores crean en él porque él cree en ellos y como aquella España supone un desafío al orden establecido, a los ganadores por la vía de la grandeza y no de lo difícil.

La jornada en la cual murió Luis Aragonés, Luis simplemente cuando vestía su pie derecho de terciopelo y su gesto hosco con la camiseta rojiblanca, fue, sincronicidad, la del descalabro de local de un Barcelona irregular que pena el pudridero de su palco con una plantilla a la que le faltan piezas de intendencia porque era más importante llenarse los bolsillos de comisiones y la de un Real Madrid amazacotado en el nuevo San Mamés que fue sacudido en una magnífica primera mitad por un Athletic de Bilbao emocionante él mismo (y post-Bielsa), pero que a punto estuvo de llevarse los tres puntos en una segunda parte fea y arrítmica donde Cristiano fue mal expulsado y donde el Madrid volvió a jugar a estar en el campo y dejar que el peso de la camiseta hiciese el resto.

Y el Atlético, emocionante, conectado de la grada al campo, de los jugadores al técnico, y de éstos al escudo, aplastó a la Real Sociedad en el tercio final del partido y se puso líder. Solo, por lo difícil, contra las expectativas. Luis se rascó y dijo aquello de la final de Copa del 92 contra el Real Madrid : «Lo que vale es que ustedes son mejores y que estoy hasta los huevos de perder con éstos, en este campo. Son el Atlético de Madrid y hay cincuenta mil personas dentro que van a morir por ustedes. Por ellos, por la camiseta, por su orgullo, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco».

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4 pensamientos en “La jornada en que murió Luis

  1. Genial emotiva y muy cierta, me alegro queno todo sea Messi y lo bonito que fue dar 50,000 pases en un partido o la maldita pegada de el Madrid, cual equipo italiano el atletico esta de lider.

  2. Fantástico post; enhorabuena. Con este entrenador nunca hubo término medio, del trono al infierno y vuelta a empezar. Lástima de canción.

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