Marcos García Guerrero

A ganar. Sporting 1, Ponferradina 1

Fotografía de El Comercio

Fotografía de El Comercio

Unos equipos salen al campo a ganar, y otros a no perder y, por el camino, si se puede, a arañar lo que caiga. Es el caso de la Ponferradina ayer en Gijón, que se presentó como una alimaña carroñera sin más objetivos que alimentarse a base de la carne podrida del Sporting. Y lo consiguió en parte.

No es nada nuevo, y menos en Segunda. Tan antiguo como el propio fútbol y parte esencial de su propia indiosincracia es ese mundo de triquiñuelas de dudosa dignidad moral que equiparan la importancia de un gol al fingimiento de una lesión. Los más de 18.000 espectadores que se dieron cita en el estadio (unos cuantos venidos desde Ponferrada) vivimos compungidos al menos cuatro lesiones de gravedad (y sus milagrosas recuperaciones, OhJesus!) y uno de los catálogos más completos que se recuerdan por estos lares de efugios con los que enmierdar un partido. Y todos por parte de los visitantes. Ya se sabe, el fútbol es cosa de listos y tal. Arcada.

Pero tampoco nos extrañemos. Cuando un equipo sale al campo a no perder y a ver lo que cae, y a los siete minutos lo que le cae es un gol cortesía de la defensa rival (¿cuántos van ya?), nadie debería rasgarse las vestiduras porque lo que venga después sea un zafarrancho de combate. Sin darse cuenta, la Ponfe había hecho (le habían regalado) lo más difícil. Y lo que le quedaba era aguantar. Claudio Barragán atrincheró a su equipo atrás y elevó un muro por el centro. Imposibilitado el juego interior y con sus centrocampistas anulados, los de Sandoval se vieron obligados a probar fortuna con disparos desde fuera del área y, sobre todo, a colgar balones, casi todos ellos rematados pero sin éxito. Y mientras tanto, los jugadores de la Ponferradina a carroñear. Y el árbitro a ponerles la comida en bandeja.

Le faltó suerte al Sporting (paradones, larguero, remates desviados), pero sobre todo claridad; se mostró demasiado espeso pese a contar casi toda la segunda parte con un jugador de más. El mejor ejemplo fue ese equipo final con tres delanteros centro que, pese a hacer las delicias de nuestras mentes calenturientas de futboleros enajenados, no supuso una mejora deportiva real, más allá de ese gol churrero de Scepovic tras una melé en el área berciana. Empate final de alivio y de mala hostia, porque sabe a poco y porque te deja la sensación de que te lo han arrancado con malas artes.

Mientras, la Liga Adelante no para. El Depor perdió en Murcia y el Éibar ganó en Córdoba y se puso líder. Y la semana que viene toca viajar a Riazor. Quedan muchos partidos como el de ayer, de guerras de trinchera en las que todo vale. Partidos en los que, independientemente del resultado, y a diferencia de la Ponferradina, sabemos cómo saldrá el Sporting al campo. A ganar.

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