Víctor Guillot

Los hemisferios. Mujeres sin huella

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Imagen de Vértigo. De entre los muertos. De Alfred Hitchcock

Las grandes novelas provocan un efecto devastador en los lectores, una sensación de extenuación, de extraño viaje hacia el vacío. Tras la última página de Crimen y castigo, La mansión o Viaje al fin de la noche sientes que lo siguiente es un desierto por el que uno camina perdido, sin indicaciones, sin señales, a la espera de que un oasis te permita procesar todo lo que llevas dentro. Esa sensación es la que se tiene cuando se terminan de leer las más de quinientas páginas de Los hemisferios (Seix Barral, 2014), la última novela de ese profesor cordobés, humilde, discreto y sabio, llamado Mario Cuenca Sandoval, quien se ha dejado prácticamente la vida escribiendo durante cuatro largos años este gran relato que a nadie debe pasar inadvertido.

El titular de la entrevista que publicamos hoy condensa muy bien el propósito último de Mario Cuenca Sandoval: responder qué papel juega la cultura en un mundo sobrerrepresentado, donde el símbolo es más intenso y más extenso que la realidad reflejada. No debemos demorarnos contando la historia de Gabriel, el escritor y periodista que busca desesperadamente en el rostro de una mujer los gestos y el alma de otra anterior, siguiendo con sus palabras el curso del río cinéfilo que convoca a James Stewart, a Vértigo, a Hitchcock, entre los espejos y los laberintos de la ciudad del siglo XXI, para poner de manifiesto que la reescritura no es sólo un ejercicio literario, sino una enfermedad que germina en la mente de cualquier hombre. No es necesario tampoco detenerse mucho tiempo en la trama tejida a través de la presencia de su mejor amigo, Hubert Mariet Levi, ese director de arte y ensayo que parece ponerle a prueba desde la lejanía, dejando a su cargo a otra mujer con la única intención de que se abran las puertas del pasado para que entren y salgan todos los fantasmas. No hay nada más aterrador que saberse sin identidad. ¿La tienen los fantasmas? Tampoco podemos describir con meticulosidad quién es María Levi, quien trata de resolver su propia identidad y la identidad de quienes vivieron con ella en ese purgatorio frío e inerte que es Isla Mítica. Porque a simple vista todos se confunden y todos se distinguen, todos se reconocen en algún momento y todos se distancian en muchos otros y, en cualquier caso, la palabra, el símbolo y la idea se convierten en el demiurgo que los pone en jaque. Porque todos ellos viven en varios universos y, a veces, unos y otros colisionan.

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Imagen de Ordet (La palabra) de Carl Dreyer.

Hace tres años, Mario Cuenca Sandoval, Agustín Fernandez Mallo y yo analizábamos el papel del palimpsesto en la cultura audiovisual en un ciclo titulado Versiones y perversiones. Anatomía del palimpsesto. Convocados por el Centro de Interpretación del Cine en Asturias, los tres pusimos a prueba la naturaleza mutante del cine, pues, al igual que la literatura, es un eterno palimpsesto, un rehacerse continuo y constante que emulsiona ideas, tramas y arquetipos de una tradición determinada para dotarse de nuevas formas, nuevos códigos y nuevos contenidos, sin que el ADN de un supuesto original, mítico y romántico, se diluya entre las copias o sus derivados. Cada uno de los autores debía escoger una película. Agustín Fernández Mallo, lynchiano hasta la médula, apostó por Carretera perdida (David Lynch es el grand triturador de los géneros y Mallo es un enemigo de todos ellos). Mario Cuenca se inclinó por Vértigo. De entre los muertos, pues precisamente la película de Hitchcock trataba sobre uno de los temas que obsesionaba en ese momento al poeta y escritor cordobés. La reflexión que Vértigo contenía acerca del simulacro, de la copia, de la identidad, de los fantasmas y un venenoso complejo de Pigmalión, compuestos a través de un extraño y enigmático policial, formaba parte también de las obsesiones de Mario, un cinéfago que bebe de las fuentes del cine tanto como de la literatura cuando se pone a escribir. Entonces ya había comenzado a trabajar en Los hemisferios y ya tenía muy claro que se compondría de dos grandes relatos, La novela de Gabriel y La novela de María Levi, y que cada uno ellos sería un universo que se reflejaría sobre el otro. Lo que no había previsto hasta ese momento eran las consecuencias.

¿Pero es realmente Los hemisferios un juego de grandes espejos? Me gusta pensar que es un espacio narrativo en el que chocan o interfieren dos universos aparentemente paralelos. Dos grandes narraciones que se arañan recurrentemente ejerciendo un extraño derecho de injerencia. Una de las más formidables características de sus personajes es su elasticidad o su capacidad para transmutar. Esto implica un ejercicio de palimsesto no sólo hacia fuera (hacia el cine, mayormente) sino también hacia dentro, hacia la propia obra, que se reescribe sobre sí misma para alcanzar su plenitud, poniendo de relieve que la literatura puede ser un puzzle donde las mismas piezas pueden llegar a componer varias imágenes sin que las leyes de unas y otras se vean alteradas. De manera que los personajes yuxtapuestos en La novela de Gabriel guardan o conservan su esencia, por muy metamorfoseada que se quiera, en la otra, La novela de María Levi, transmutados en otros seres y otros anhelos, cierto, pero con los que guardan algo más que un aire de familia. Como los personajes de cómic, unos y otros son capaces de estar presentes en universos paralelos, mezclándose, interfiriéndose en sus correspondientes tramas, sin que por ello las reglas de una narración cedan a la soberanía de las otras. De manera que no importa que Huber Marie Levit, director de cine en La novela de Gabriel, sea una mujer fantasmática, un monstruo poseído por El Ansia, dispuesta a descodificar todos sus recuerdos en el purgatorio de Isla Mítica en la magnífica Novela de María Levi. De este modo, los protagonistas se estiran, se comban y transmutan tanto que, con gran naturalidad, abarcan todo tipo de miradas y de enfoques, dotando a Los hemisferios de una visión pluriforme que va de la tauromaquia al porno, del punk al thriller urbano, del lirismo neorromántico al terror posmoderno. Y en todos estos momentos hay un sólo Mario Cuenca Sandoval que usa la tercera, la segunda y la primera persona, como si evolucionara desde la distancia de un thriller de Hitchcock a un diario basado en el puro ensimismamiento de Tarkovski, sosteniendo el pulso de la narración a través de un ritmo marcadamente cinematográfico llevado hasta sus últimas consecuencias. En este largo viaje, el autor preserva la unidad de todo, a pesar del juego de divergencias y convergencias en el devenir de los protagonistas. De tal modo que Gabriel, Hubert o María Levit son siempre genuinos habitantes de sus universos non-sense (involuntario), que diría Adrián Sánchez Esbilla, ya sea en la Barcelona o París de los setenta, en el universo romántico y punk, en una captial hipertecnologizada, deprimida y sobrerrepresentada a través de cámaras y móviles, o en un limbo, un no lugar, atemporal, inerte, dantesco y milenario desde el que purgar los recuerdos del pasado. Todos ellos invitan al lector a reflexionar sobre la disolución de las personalidades y sus respectivas culpas a través de la mecánica de los simulacros.

Porque todo personaje es un fantasma que observamos y que nos observa, el eco de un pasado que vuelve y revuelve sobre sus propios pasos. Todos nosotros somos un personaje con vocación de protagonista que permanece grabado en nuestra memoria y que el tiempo, a medida que pasa, va distorsionando hasta convertirlo en otro. El tiempo es un genio a la hora de poner en marcha el palimpsesto. Y también, cómo no, todos nosotros somos una copia en un mundo de copias digitales, hiperrepresentadas hasta niveles infinitos, que borran la huella del hecho original, logrando distorsionar su significado inicial.

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Catherine Deneuve y David Bowie, en El ansia, de Tony Scott

Y ésta es una de las grandes cuestiones que plantea Los hemisferios. El valor real de la copia. A través de los dos relatos, se nos cuenta que el siglo XXI descubre una realidad hipertextual, donde la cultura del hombre comienza a ser una enfermedad antes que una herramienta. Hay quienes piensan que vivimos en un mundo fragmentado que no puede ser comprendido por la mente del hombre. Por lo tanto, debe haber algunas relaciones, injerencias entre pedazos de realidad grabadas en una piedra, representadas en un signo, transmutadas en vidas e ideas a través de uno o varios relatos que se muerden entre sí para logra conseguir un estado de unidad. Mario Cuenca ha creado dos mundos en una misma novela, presentados ante el lector perfectamente cerrados y acabados. Dos mundos enfrentados a la posmodernidad. ¿Acaso La novela de María Levi deviene de un mundo roto, el de La novela de Gabriel? Pensar así es hacerlo con un sentido nostálgico y funeral que nos invita a admitir su imperfección y por lo tanto, justificaría el dolor autoinfligido e incluso el suicidio de sus protagonistas.

En un mundo donde las cámaras lo registran todo, como dice María Levi, en el que todos se vigilan a todos, la información terminará por empantanar nuestra experiencia del mundo, la hundirá en el lodazal de lo que ni siquiera merece la pena nombrar. La era digital trae consigo una colosal masa de datos, de imágenes y sonidos aglomerada entre nosotros. Millones de datos condensados en un solo tiempo, una gran imagen del mundo repetida infinitamente, alterada, manipulada, mutada, cuya huella original no seremos capaces de distinguir, probablemente porque se ha consumido por el paso del tiempo. En su último libro, Después del cine. Imagen y realidad en la era digital, Ángel Quintana afirma que con el cambio de siglo lo que ha perecido definitivamente es el culto al valor de la huella como depósito de la verdad de la imagen. La facilidad para manipular la imagen digital ha logrado que podamos hablar de un cine sin huella porque ya no embalsama nada. Cuenca Sandolval traslada a la vida de unos seres enfermos esta idea. Hombres sin huella, mujeres sin huella, cuyo recuerdo ya no encierra nada. Sólo el dolor.

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