Jandro Leguina

Luis Cremades: «Vicente Aleixandre fue un modelo»

Un joven que escribe versos llega a Madrid a principios de los ochenta para iniciar sus estudios universitarios. El país vive un momento de despertar político y cultural. Al mismo tiempo, ese  joven comienza una historia de amor con un escritor consagrado. Treinta años después, y sin volver a verse, aportan, cada uno por su lado, todo lo que recuerdan de aquellos años y lo escriben a modo de memorias bajo un mismo título: El invitado amargo (Anagrama, 2014). Vicente Molina Foix y Luis Cremades lo presentaron en Barcelona el 27 de enero y apenas salido de imprenta NEVILLE ya cuenta con uno de sus autores, Luis Cremades (Alicante, 1962), para empezar a saborearlo.

Luis Cremades, en una fotografía de los años ochenta

-Tal vez lo más novedoso de esta obra sea la forma en que la habéis escrito. Háblame de cómo surge la idea y del plan de trabajo que establecisteis.
-Todo sucedió en muy poco tiempo: un robo en casa de Vicente, aparece en desorden la correspondencia de hacía treinta años, Vicente se queda leyéndolas y me propone reconstruir aquellos años a partir de las cartas. Un capítulo él y otro yo, dándonos la vez, invitándonos e interrogándonos. Hay una segunda y una tercera parte donde cada uno escribe ya de manera más independiente hasta cerrar el relato, que llega hasta el momento actual. En la medida en que nos sorprendíamos del camino que iba tomando el relato, también es posible que el lector se vaya sorprendiendo. ¿Había un plan?: ser honestos con nuestra memoria.

-¿Qué encontraste en aquel Madrid de los años ochenta?

-Uno encuentra su propia historia, sus actos más o menos premeditados, más o menos intencionales. Eso es lo que recupera este relato a dos: los pequeños o grandes logros no son más que momentos de una trayectoria invisible sobre la marcha que va encontrando su forma como relato, como historia, como mitología personal.

-¿Qué supone Vicente Aleixandre, personaje que interpreta un papel fundamental en vuestra historia, en tu camino iniciático de descubrimientos?
-Fue principalmente una referencia, un modelo, sobre todo por su actitud, su capacidad de escucha, su vitalidad contenida por la mala salud. A veces se idealiza excesivamente a los autores o artistas, como avatares de una divinidad. Son referencias importantes, como los buenos deportistas para los aficionados a ese deporte concreto; alguien a quien uno sigue con el rabillo del ojo para interrogar sobre los propios movimientos, la propia evolución. Un punto de contraste, necesario como guía o como interlocutor.

Invitado amargo-A Vicente, sorprendido por tus poemas, se le ocurre la idea de juntar a cinco poetas del mismo año y denominaros públicamente generación poética del 62. ¿Cómo os influye?
-Esa idea de generación tuvo más impacto en nuestras mentes que en cualquier otro mundo paralelo. Fue nuestro refugio ante un mundo mayor que no podíamos conocer. Nos inventamos a nosotros mismos, con fuertes personalidades en contraste y ningún proyecto serio aparte de renovar por completo la literatura en español. De ese pequeño laboratorio improvisado salió alguna buena amistad y, sobre todo, muchos interrogantes. Lo que más destacaría ahora sería el contraste de prácticas, lecturas y visiones. Fueron años de compañerismo intenso. En mi caso sirvieron para ser menos exigente, menos perfeccionista, más abierto a sugerencias.

-Si tuvieras que justificar este libro ante un público acostumbrado a leerte como poeta, ¿qué les dirías?
-No creo que este libro deba justificarse, quizá porque es muy personal. Ésa es su única justificación. Cita nombres, recoge anécdotas, pero no es un documento histórico; reflexiona sobre el amor y no es un ensayo; aparecen cartas y no es un epistolario; tiene de todo y no es nada de lo que tiene. Salvo un viaje a través de la memoria, no con un guía, sino con dos: dos voces que reservan un puesto privilegiado al lector: puede convertirse en juez de pista, en cómplice o en confidente.

-Hay autores que ningunean a sus «enemigos literarios» no haciendo mención de ellos en sus escritos memorísticos. Vicente y tú dejáis unas memorias plagadas de amigos. ¿Crees que se divertirán leyéndoos o se les removerá el «lumbar»?
-No termino de entender las enemistades literarias, las guerras, las cruzadas y el «por Dios y por la patria» de una estética particular que no va más allá de las luces de sus mercenarios. El reto, en este caso, era otro: escribir una memoria honesta, sin más, un aclararse con la propia historia y con la propia identidad, una búsqueda del lenguaje concreto que permita compartirlo, con el otro autor y con un posible lector. Quizá ese mejor lector posible que uno sueña no haya compartido ese mundo ni conozca los nombres que se citan. Nos leerá de lejos y la lectura servirá para acercarnos. Si alguno de los que aparecen mencionados en el relato lo leyera, seguro que tendrá su propia versión. Y, si conoce el mecanismo de su propia memoria, comprenderá bien que sean diferentes.

-Traducción, poesía, ensayo para profesionales, pero hasta ahora nunca narrativa: ¿qué se ha quedado por el camino?
-Una cosa es lo que uno publica y otra lo que ha estado escribiendo. Siempre he estado con la prosa: relatos, diarios, informes… Otra cosa es que no todo debe o puede publicarse. Intento buscar lectores, sin forzar a nadie. Hay un libro de relatos inédito, El maestro sin discípulo, y una novela, Un epitafio para Keitel, también inédita. Cada proyecto es una búsqueda que sólo se resuelve al final. No me siento especialmente atado a un género concreto. Aprecio la novela como territorio libre y personal, un espacio de frontera donde se pueden encontrar proyectos y lenguajes disímiles y divergentes, conviviendo hasta consolidar un nuevo lenguaje, y un mundo nuevo por tanto.

Luis Lago

-Hace pocos días que nos dejó Germán Coppini. Bernardo Bonezzi lo hizo meses antes. ¿Qué pueden esperar la ciencia y la lírica de lo que nos queda por delante?
-Ciencia y lírica parece una buena conversación, quizá una de las que nos quedan pendientes: símbolo y lógica, mito y naturaleza, tótem y razón. Hay una generación, los que fuimos niños del baby boom en los sesenta, la más numerosa hasta ahora en nuestro país, que ya ha pasado la cumbre de su vida y enfila sus últimos años. Algunos han desaparecido dejando huella. Aún faltan obras de madurez, más reflexivas, falta el relato de las decepciones, de lo que no esperábamos, el diálogo con los más jóvenes…

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