Rubén Paniceres

Apocalípticos e integrados: 50 años del eterno retorno

Umberto Eco. Fotografía de Sergio Siano

Para aquellos que siempre hemos defendido la idea (tal vez la quimera) de la existencia de una cultura popular alternativa, que no opuesta, a la “alta cultura”, los trabajos de Umberto Eco constituyeron/constituyen un soplo de aire fresco. Hace cincuenta años, en su colección de ensayos titulada Apocalípticos e integrados, el autor italiano propuso que las manifestaciones de la llamada cultura de masas no eran la basura alienante que contribuía al embrutecimiento de las multitudes sin ilustración, sino un tejido dinámico merecedor de estudio.

Eco retrataba a los valedores de la cultura elevada (high brow) como una suerte de Jeremías bíblicos, asqueados por la degeneración intelectual que ejercían el cómic, la novela de géneros, el cine, la musica pop o la extinta fotonovela, sobre unas masas que, más que reveladas, como diría Ortega, estaban aborregadas. A este avatar que podríamos situar en los contrapuestos pero complementarios extremos de la izquierda radical y la derecha más clasista, Eco los denominó los apocalípticos. Éstos, al igual que el monje fanático de su posterior narración, El nombre de la rosa, Jorge de Burgos, detestaban cualquier creación de los tiempos actuales, reivindicando una concepción intelectual anclada y fosilizada en la idólatra recapitulación de los logros estéticos de un pasado que fuera patrimonio exclusivo de selectas élites. Frente a ellos se confrontaba la otra cara de la moneda, los placenteramente asentados en eso que actualmente se denomina la cultura mainstream (o low brow). Los consumidores entusiastas de los entretenimientos que la sociedad del espectáculo vende con mercantilista fruición, Eco los bautizó como los integrados. Hoy en día se los califica como frikis o geeks.

En su libro, Eco, analizaba mitologías populares como los cómics de Superman o la obra de Milton Caniff, la narrativa de ciencia ficción o la canción pop. Tambien reflexionaba sobre la influencia que la televisión llegaba a ejercer en la visión del mundo del ciudadano occidental, sin olvidar, con genial intuición, la tendencia cada vez más mayoritaria que el refinamiento intelectual y espiritual que suministran las “artes nobles” se viera fagocitado por los falsos sucedáneos que vende la cultura kistch.

apocalipticosEn los tiempos presentes  los estudios contenidos en Apocalípticos e integrados han envejecido un poco. La televisión ha cambiado mucho. De modelo de actitudes se ha transfigurado en un Saturno que devora la sensibilidad de los telespectadores. Los sociólogos, que antes la denominaban la caja tonta, ahora prefieren considerarla el invento del maligno. La canción pop es cada vez más imagen y menos melodía. Y los cómics ya no son el relato  perpetuamente  detenido en el tiempo de la narración iterativa, sino que han evolucionado hacia las nuevas estrategias que proponen las llamadas novelas gráficas. Análogamente, la retórica semiótica esgrimida por el autor de El péndulo de Foucault, como herramienta de análisis, ha devenido algo artificiosa con el paso de los años. Clasificar el universo cultural como una danza de signos, de significantes y significados, ostenta una dimensión cuasi metafísica y para el pensamiento blando del habitante del siglo XXI  adquiere cualidades de, parafraseando a Mark Twain,  cloroformo en forma de libro.

Sin embargo, la obra de Eco sigue sorprendiendo por su vigor expositivo, erudición inagotable y sutil sentido del humor. El intelectual italiano pone el dedo en la llaga cuando propone una superación dialéctica de los dos extremos. No hay que ser ni apocalíptico ni integrado. Ni tampoco escoger una vía media un poco pequeño-burguesa que puede proponer la midcult. Esa que trata de poner en el mismo nivel la gran literatura, la música clásica o el gran arte junto a los fenómenos de la cultura de masas, los cuales, no lo olvidemos, están diseñados por un complejo industrial que busca el mayor beneficio económico, ofertando cada vez más y más objetos de consumo cultural. Entre el pasado irrecuperable, que ya ha perdido su aura según Walter Benjamin, y la sobresaturación de entretenimiento de los tiempos modernos, la opción es una postura abierta que asuma las contradicciones de nuestra civilización. El intentar una verdadera democratización de la cultura, en la que, aunque su nivel no sea el mismo (ni falta que hace), puedan coexistir el drama de Shakespeare y la novela negra; el noveau roman y los cómics de superheroes; Verdi y David Bowie; La pintura del Renacimiento y las películas de Walt Disney. En otras palabras, la integración de todos los fenómenos que en un momento u otro han reflejado, moldeado y transcendido el espíritu de su época (Zeitgeist) y continúan siendo logros creativos perdurables.

Posteriormente Eco transitó de la teoría a la práctica ofreciéndonos best-sellers de calidad donde efectuaba ese maridaje entre las dos culturas. Combinando la reflexión filosófica y el estudio histórico con los rudimentos de la literatura popular y el cinematógrafo.

neville_02[1]Creo que la postura de Eco ha sido, modestamente, heredada por publicaciones como NEVILLE, que la han asimilado y hecho suya. Pues todo fenómeno cultural que esté vivo es objeto de atención por los colaboradores de este medio. Las mitologías que dibuja el deporte rey; el mejor cómic; el cine de ayer, de hoy y de mañana; la joven literatura española; la entrañable novela de quiosco; la recuperación a todos los niveles de ética y la estética de las clases trabajadoras británicas; el análisis crítico de la historia contemporánea o la recuperación de las esencias de la Movida madrileña han sido algunos de los hitos estudiados en NEVILLE.

Esa democratización de la cultura que sugería Eco se busca día a día en esta esperamos que vuestra revista digital favorita, pues la auténtica cultura no es patrimonio de los apocalípticos ni de los integrados, sino que debería ser vivida por todos. Ése es el ideario que Víctor Guillot y su equipo buscan confeccionando NEVILLE, y un servidor ha tenido el privilegio (sin duda inmerecido) de haber participado en algunos de esos momentos. Por ello debo dar las gracias  y constatar que el ensayo de Eco sigue permaneciendo como una real “obra abierta” a la que debemos volver una y otra vez como incesante y fatal libro de cabecera.

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