Víctor Guillot

Juan José Plans: los ojos tristes del diablo

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Si algún hombre hubiera podido escuchar la voz de Dios, sabría que esa voz sería muy parecida a la de Juan José Plans. Seducía, calmaba, ofrecía serenidad a quien la escuchaba. Era el timbre de voz de un hombre que había recorrido muchas millas, era la voz de un hombre de ojos tristes que había aprendido a levantarse de cada caída, la voz de quien miraba con dignidad al horizonte y con humildad al resto de los hombres, un tipo incapaz de sorprenderse por nada, dispuesto a responder a todo con una leve sonrisa.

La literatura fantástica, el suspense y el terror pierden a una de sus firmas fundacionales en España. También la radio queda huérfana de una de sus mejores voces y la ciudad de Gijón a un hombre de buen dejo que lo había sido todo en la historia de la comunicación y al que, sin embargo, le gustaba confundirse con un tipo vestido de cualquiera dispuesto a echar un cable a quien fuera. El periodismo nos dio a conocer cuando yo comenzaba a firmar en La Nueva España. Alguna entrevista, algún acto compartido fueron fraguando una fértil amistad, sostenida por nuestra mutua pasión por el cine y la literatura.

Venía con todos los clásicos del cine bajo el brazo, como un niño que coleccionaba cromos y afiches cinematográficos que luego exponía en el CICA o publicaba en NickelOdeon, la revista de José Luis Garci. Era un sentimental, embargado por la nostalgia de su infancia y de su adolescencia. Se quitaba constantemente importancia cuando hablábamos de Historias de terror o Sobrenatural, dos programas nocturnos seguidos por millones de españoles. Recordaba como un reto constante su gestión como director del Festival Internacional de Cine de Gijón, donde puso en evidencia que su proyecto pretendía revitalizar el cine de género y a los clásicos que habían crecido con él. Como era de esperar, fracasó.

El juego de los niños, El señor del Castillo, Babel 2 o Lobos están ahí para los verdaderos amantes de la literatura de género. Narciso Ibáñez Serrador adaptó El juego de los niños y le salió un peliculón que está a la altura de La torre de los siete jorobados de Edgar Neville. Recientemente se volvió a editar la novela y hoy es un clásico. Los obituarios vendrán a decir que era un hombre de cultura. Esto de hombre de cultura, que suena a tópico, viene a significar que estaba ahí, como un jarrón chino, en todos los saraos culturales de la ciudad. Pero más allá de esta circunstancia, lo que a la gente joven nos ha interesado siempre de Plans era su conocimiento del terror, el fantástico y la ciencia ficción. No hay antología de los tres géneros que no incluya la firma de Plans, que era firma de maestro.

A veces pienso que sólo un hombre bueno es capaz de abrirle la puerta al diablo. Eso es lo que hacía Juan José cuando escribía. Saludar al diablo e invitarle al festín de nuestros propios pecados. Supongo que para él será también un día triste. Descanse en paz.

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