Víctor Guillot

Paco de Lucía: el genio de oído

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Tenía la calva griega, madura, cosmopolita, como uno de esos hemisferios que traen los nares del sur. Y luego estaba el rostro enjuto, pasado de años, arrugado de vivencias, como de viejo que busca un remanso de paz en una isla solitaria de las Antillas, y la mirada severa de quien parece haberse rodeado toda la vida de muertos y en ella sólo se descubriera el horizonte. Hay hombres enteros, que nacen ya hechos, sin dobleces ni cartonajes, con todo el dolor y toda la alegría en el rostro. Hombres que se emocionan en lo más hondo y, sin embargo, mantienen el gesto impertérrito. Hombres justos, hombres buenos, hombres como Paco de Lucía, preñados de silencio.

Decía que ser guitarrista era estar enfermo. La felicidad venía con sus armonías, los arpegios y los acordes que rasgaba a la vida a través de las cuerdas de una guitarra. Y para alcanzarlos antes se sufría. Se veía a sí mismo como un superviviente de origen humilde que buscaba con su guitarra la verdad. Y la verdad estaba entre dos aguas, en un fandango o en una bulería.

Quizá hay una verdad matemática e invisible en el pentagrama que no sabía leer, porque hay otro pentagrama que nos va por dentro, y ese otro se interpreta de oído. Todo lo que aprendió lo aprendió de oído, confesaba siempre, con ademán orgulloso de hombre autodidacta, reunido con músicos flamencos y músicos de jazz, junto a Camarón y a otros gitanos. La historia lo situó a la sombra del cantaor y siempre fue, de los dos, el que más temple tenía. El impulso de José Monge conectaba con la templanza de Paco de Lucía. Había un equilibrio que sacaba de quicio a los puristas. Con ellos el flamenco ofrecía un un nuevo giro.

Afirmaba que la guitarra era un instrumento muy egoísta, que le caía mal. Uno podía sentirse en un concierto dispuesto a dar lo mejor de sí mismo y, si la guitarra no estaba, todo se iba al traste. Me gustaba Paco de Lucía y desde adolescentes, lo teníamos situado junto a Jimi Hendrix, Miles Davis y así en este plan. Artistas que habían revolucionado unas cuantas veces la música.

Hay algo curioso en la muerte de Paco de Lucía. Uno no siente el duelo quizá porque su arte estaba más cerca de otro universo que del nuestro, quizá porque el guitarrista tenía gestos de monje tibetano, de serenidad que se alcanza con el paso de los años. Descanse en paz.

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