Víctor Guillot

Lionel Asbo: adorable hijo de puta

Martin Amis. Fotografía de Maximilian Schoenherr

Hay cierto sarcasmo que funciona como una espátula con la que uno va levantando la pintura desconchada de la pared. Las sátiras de Martin Amis son espátulas que van rascando las paredes desconchadas de su país, de sus instituciones sociales, rasca que te rasca, con deleite y fruición, rasca que te rasca, sobre toda esa morralla social, vanidosa, engreída y fanática del dinero y la fama que los medios de comunicación, los partidos y los bancos han esculpido sobre la sociedad capitalista británica, como un sofisticado, hermoso y pestilente mojón de mierda. Para cuando has terminado de leer sus novelas más cabronas, sólo te quedan ganas de ir al wáter y giñar. El  cinismo y la risa te han dejado esa extraña sensación de cagarte en todo entre enormes carcajadas, provocándote una revoltura intestinal divertida, mezquina y placentera que te invita a purgar tu mierda sobre la taza blanca del retrete, observarla complacientemente y después tirar de la cadena. El wáter también se ríe con una prolongada carcajada. Observas cómo el agua se lo lleva todo.

Martin Amis es un wáter terriblemente inteligente. No distingue lo que traga o todo lo que se traga es susceptible de ser asimilado a la mierda. De modo que nada ni nadie se salva en sus historias: ni los periodistas, ni los políticos, ni los plutócratas, ni las putas. Gente con la letra p a cuestas. En la literatura de Martin Amis todo queda al descubierto y todo acaba siendo deglutido y procesado, convertido en lo que es la mayoría de las veces: mierda. Así que uno se va tranquilamente al trono, abre el ojete y mientras el zurullo cae gracias al empuje mágico de la fuerza de la gravedad, contempla que las paredes de su casa todavía siguen limpias porque nos pasamos la vida, como Martin Amis, rasca que te rasca. Pues bien, algo así sucede con Lionel Asbo. El estado de Inglaterra (Anagrama, 2014), su última novela.

Siguiendo la estela de Dinero, Éxito o Perro callejero, Lionel Asbo trata de una bestia parda, un monstruo total, procedente de los bajos fondos de Londres. Asbo es auténtico lumpen-proletariado subvencionado, chav del bueno, genuina carne de presidio, que entra y sale de la cárcel con la misma familiaridad con que usted y yo vamos a la consulta del médico cuando nos engancha una mala gripe. Un buen día, al analfabeto Asbo le toca la lotería y su vida cambia. De pronto se convierte en el Patán de la Loto. Qué puede sucederle a un hombre así con 140 millones de libras. Absolutamente de todo. Y eso es lo bueno. Con dinero, un psicópata callejero puede llegar a ser mejor psicopata y mearse en la cara de todo el mundo sin reproches, tan solo con grandes dosis de odio y aplausos. Mola.

Como las putillas más famosas, como los futbolistas que surgieron de algún barrio podrido, o esas cantantes anoréxicas y analfabetas que esnifan farlopa a cualquier hora y enseñan las tetas para ocupar las primeras portadas del Sun y otros tabloides sensacionalistas, Lionel Asbo pasa de ser un peligroso ciudadano al que hay que tener permanentemente controlado a trasvestirse en un talento desaforado al que todos quieren conocer y todos quieren destruir. Porque en la vida de Lionel Asbo se han cruzado un chulo y una puta: el dinero y la fama. Dos perros que te siguen a todas partes, que ladran y muerden, rabiosos y venenosos, dos chuchos dispuestos a hacerte rico y a arruinarte, a concederte la gloria y a destruirte, a elevarte a los altares y arrastrarte a los infiernos. Sus aullidos se escuchan en todas partes. Todo resulta terriblemente tierno. Así es Inglaterra.

Martin Amis vuelve a la sátira más cabrona, a libros como El cristiano mágico, donde el humor y la escatología van de la mano, o a esa mirada dickensiana que nos advierte de algo que siempre olvidamos: la vida no es generosa. Por lo tanto, por qué lo iba a ser Lionel Asbo. El dinero no conseguirá que nuestro amigo reparta la pasta entre sus seres queridos. No hay compasión ni generosidad, solo instinto de venganza, ganas de destruir y destruirse, ansias por derrochar, devorar, morder y hacer el mal. Lo que más me gusta de Asbo es que no tiene conciencia de sus estragos, tan solo es una pieza más del sistema y como tal está perfectamente engrasada. Su mierda es nuestra mierda. La mierda fresca es buen engrasante. El contrapunto a tan carismática vileza será su sobrino Desmond, un muchacho capaz de introducir cierta cordura en el devenir de Lionel. El joven Des se ha pasado la adolescencia tirandose a la madre de su tio Asbo. No se preocupen, no se alarmen, esta circunstancia no será un problema para que el prudente y culto Desmond logre lo que siempre había deseado: una modesta felicidad, junto a su mujer y su hija.

Porque Lionel Asbo, a fin de cuentas, no deja de ser el Estado de Inglaterra, un tipo y un país tan grande como miserable, tan miserable como cualquier otro hijo de puta de la clase trabajadora de un jodido barrio de Londres y tan grande como aquel Imperio del que sólo queda su corona. Y ahora me voy al trono. A su salud.

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