Carlos Hevia Fernández

La fiebre aftosa o el jarabe contra el taller de literatura

portada-llaveEscribir es fácil. De pequeños nos enseñan las letras y a unirlas formando palabras. Palabras que tienen un significado y que, a su vez, formando frases, consiguen provocar emociones. Un niño armado de una tiza escribe “tonto el que lo lea” en una tapia. Y el tonto que lo lee no puede evitar cabrearse y acordarse de la madre del escritor. Así que podríamos decir que ha conseguido su propósito. Sí, cualquiera puede comunicarse escribiendo en una pared. Otra cosa es la literatura.

La buena literatura, la que explora los abismos de la condición humana, la que te atrapa, te seduce, te encoge el corazón o te hace doblar de la risa. La que te hace vivir vidas que nunca vivirás e introducirte como el bisturí de un cirujano en las vísceras, en el miedo, la codicia, el deseo, la que desnuda nuestros secretos, es tan difícil de componer como una sinfonía de Beethoven. Y más sin haber estudiado solfeo. Claro que muchos querríamos ser artistas y creemos tener las habilidades precisas. No. No todos podemos ser escritores, no todos tenemos ese talento. A algunos, la adulación de amigos y parientes les hace creer que sí. Y se pierden en su ego. Abren blogs como poseídos, se autoeditan. Al principio escriben más o menos ordenadamente, sin sustancia pero con simpleza. Lo malo es que el paso del tiempo les hace creer que la literatura es mejor cuanto más ampulosa. Empiezan a adornarse con más adjetivos, bucean en diccionarios de sinónimos en busca del verbo más pedante. Son capaces de utilizar fenecer, porque fallecer o morir les resultan poco descriptivos. Es el peligro de tener a Proust en un altar.

De esta cosa que nos ha dado de querer ser todos poetas o novelistas se aprovechan los talleres de narrativa. Proliferan como setas; online, presenciales, en cuarenta horas y por un módico precio te voy a enseñar a escribir. Al fin y al cabo, no es para tanto, cualquiera puede hacerlo bien tomando un cursillo o dos.

En la introducción de El almuerzo desnudo, William Burroughs cuenta esta reveladora anécdota:  «Recuerdo una conversación con un norteamericano que trabajaba en la comisión para la fiebre aftosa, en México. Seiscientos al mes más gastos:
-¿Cuánto durará la epidemia? -pregunté.
-Mientras podamos hacerla durar… Sí… tal vez surjan otros focos en Sudamérica -dijo, como soñando».

Lo mismo piensa Woody Allen de las religiones o Bukowski de la psiquiatría. Sacacuartos para ingenuos. Y ciertamente, en la sociedad de consumo hay intangibles que se venden a precio de oro. Siempre hay alguien ahí dispuesto a comprar un crecepelo, el elixir de la eterna juventud o un manual de autoayuda.

Algo parecido ocurre en los talleres literarios, siempre tienen clientela. Antes de soltar la pasta, debes saber que ningún profesor de escritura creativa te va a decir lo que piensa. Mira, está bien tu voluntad, pero se necesita algo más, una visión diferente y una manera personal de contar la vida. Algo que, por más que te empeñes, nunca tendrás, debería añadir. Por el contrario, te halagarán, verán en unos versos más tristes que el poema de amor de un adolescente el germen de un futuro Neruda. Porque quieren tu dinero y, si puede ser cada mes, mejor que mejor. Ensalzarán una metáfora, una frase, una rima, los signos de puntuación y, por último, el esfuerzo. Cuando te alaben el esfuerzo, ten por seguro que tu carrera de escritor ha aterrizado antes de despegar.

Dicen que el papel lo aguanta todo. Yo no estoy tan seguro. Creo que, a veces, a esas frases encadenadas sin sentido les gustaría rebelarse, formar un tótum revolútum y suicidarse en una sopa de letras. Si no podemos alimentar el espíritu, alimentemos al menos el cuerpo.

En fin, aprovechémonos de esos maravillosos autores que nos han hecho soñar, y arrellanados en nuestro sillón favorito, dejémonos llevar por esas historias de crímenes, venganzas, fracasos, locuras…, si no puedes ser escritor, siempre podrás ser un buen lector. Confórmate con eso.

Anuncios

2 pensamientos en “La fiebre aftosa o el jarabe contra el taller de literatura

  1. Grandes verdades…a medias, como lo son casi todas. Si estamos de acuerdo en que escribir es un oficio, lo estaremos en que es, en buena parte cuestión de buenos maestros y de práctica. Otra cosa es ser un artista, o lo que llaman un genio.

  2. Al autor de la nota y a quien comenta en primer término, quiero dejarles un saludo muy cordial. Me une a ellos justamente lo que el artículo denuesta: un taller literario. Y mejor no decir qué papel jugué en él… Pero quiero formalizar un reconocimiento público ya que, gracias a ustedes y unos cuantos más como ustedes, que decidieron abrirme sus bolsillos junto con sus adjuntos de word, es que logré adueñarme del loft en Ibiza, el Ferrari y el yate con helipuerto y jacuzzi. Es que, puestos a elegir entre posibles actividades lucrativas –pero lucrativas, lucrativas–, ¿quién optaría por convertirse en futbolista, petrolero o hijo de la duquesa de Alba, pudiendo coordinar un taller literario? Y ahora en serio: ¡mi recuerdo cariñoso para ambos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s