Víctor Guillot

Leopoldo María Panero: así murió Peter Pan

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Foto de José Ramón Vega.

Formaba parte de la raza de los acusados. Era ese tipo de poeta sádico y masoquista que hay que mantener detenido, secuestrado, en la jaula de la locura, porque sus palabras herían como dagas en los ojos. Ha muerto Leopoldo María Panero, Frankenstein, Peter Pan, el hombre del saco, el príncipe de los poetas, el último alucinado.

Descubrimos a Leopoldo María Panero en las horas muertas del instituto, hace ya de eso muchos años, con libros como Así se fundó Carnaby Street, Poemas del manicomio de Mondragón o Erección del dedo sobre la página. Nos declaramos paneristas de 17 años dispuestos a mearnos en las esquinas de las comisarías, porretas del verso, soldados de la poesía y la masturbación. Veníamos de leer a Rimbaud y a Verlaine y a Mallarmé y Panero era nuestro héroe, sin concesiones ni sentimentalismos. No era un loco, era un poeta. Ya lo llamábamos Panero, a secas, como si hubiera conquistado con sus poemas toda una genealogía blasonada de mitos franquistas. Y eso era lo que nos había gustado de aquel primer documental de Jaime Chávarri, El desencanto, después de haber leído sus primeros versos. Porque la película de Chávarri, más que contar los avatares de una familia de poetas, que a nadie importaba, lo que venía era a construir una mitología del creador simbolista en España, del niño visionario secuestrado en una familia, en un caserón, en un psiquiátrico, en un régimen que sólo se podía describir a través de una película de suspense, impregnada de un lírico blanco y negro que no dejaba a nadie impasible. En El desencanto, Leopoldo se hacía esperar ante la cámara, como se había hecho esperar Norman Bates en Psicosis. Y eso ya nos hacía sospechar que había un mito, demasiada ficción.

Chávarri nos mostraba a su hermano mayor, Juan Luis, desesperado de prosa y borracho de vanidad, paranoico de famas, gestos, poses que se desvanecían en el aire con más ligereza que el humo de sus cigarrillos. Michi Panero, su hermano pequeño, cínico, áspero y sentimental, emblema de la razón y los convencionalismos, mantenía la distancia, como un espectador más ante el grotesco espectáculo de su propia familia, y sobre todo, ante Felicidad Blanc, aquella madre fría y poderosa, frágil y psicópata, epítome de la bruja y el sistema franquista. Sobre todos ellos planeaba la sombra de un padre que vivía más presente que nunca después de muerto: Leopoldo Panero.

Como digo, Leopoldo María se hacía esperar. Su cabello largo, su pose afrancesada de joven y moderno intelectual, sentado con las piernas cruzadas en un banco, absolutamente mondain, no lograban ocultar su rencor y todo el dolor que suponía haber nacido en aquella familia, por muy correcto, muy compuesto y absolutamente transgresor que aparentara ser ante la cámara. Pero de algún modo, lo que más me gusta todavía de El desencanto es que ya entonces nos confirmaba que sólo su poesía había conseguido matar a aquel padre. Nadie se acordaría más de Leopoldo Panero, por muchos homenajes, por muchas estatutas, muchos títulos, porque su hijo, el loco de los Panero, el rebelde de los Panero, Leopoldo María Panero, lo había enterrado a paladas con sus propios versos.

Imagen de El desencanto

Leopoldo María y Michi Panero, junto a su madre, en una imagen de El desencanto, de Jaime Chávarri

De todos los favores que pude prometerte, te debo la locura, escribió desde su celda el poeta visionario. Dieciocho años después, en 1994, el director Ricardo Franco visita con su cámara a los Panero. El documental se titula Después de tantos años. De los dos trabajos, es el que prefiero, porque logra desmontar todo el artificio mitológico que había detrás de la película de Chávarri. Cita de memoria a Mallarmé y es como si conocieramos a Rimbaud después de muerto en un asilo, alejado y asqueado del mundo. Si en El desencanto se explotaba el mito de Peter Pan, Franco desvelaba ahora el verdadero sufrimiento de un poeta loco, de una familia rota, de unos hermanos que no se soportan, que en ocasiones se odian. Si el primero seducía al espectador por aquel supuesto ejercicio de transgresión, el segundo ponía de manifiesto que Leopoldo María Panero era un genio, pero también el resultado de la opresión franquista y de cualquier otro tipo de opresión, después de haberse pasado toda la vida en los psiquiátricos. Después de tantos años nos hablaba desde un realismo lírico del sufrimiento de los enfermos y de cómo la locura de uno de los hermanos logró destruirlos a todos. Después de tantos años nos habla del efecto devastador de la poesía: Juan Luis es un tipo ausente que no quiere saber nada de sus hermanos. Vive su exilio mesetario, casi anónimo, vencido por la fama del loco. Michi sufre una cirrosis que lo mantiene más muerto que vivo y una enfermedad crónica de los huesos que apenas le permite caminar sin sentir un auténtico martirio. Leopoldo vive encerrado en un psiquiátrico de Mondragón. Ha dejado de ser Anthony Perkins y ahora se asemeja a Boris Karlov. Es un monstruo encerrado en la celda, víctima de eso que Foucault denominó “las instituciones totales”. Aletargado por la medicación constante, el electroshock de los años del franquismo, sus ojos vidriosos nos dicen tanto como sus palabras: “me masturbo ante la nada y hago semen de mi ruina”.

De la muerte sólo pervive la poesía. De la muerte y de la locura que lo ha destruido todo, convirtiendo a los Panero en un mausoleo en el que reposan sus cenizas. Lepoldo María Panero vivió la otra historia de España, que es un historia de encarcelamiento, de sometimiento a las normas del sistema, esas otras normas que perduran con todos los regímenes y no sólo en las dictaduras. La última página de Panero es un silencio blanco, abstracto, precedido de erecciones, masturbaciones, aflicciones, un deseo inconmesurable por acariciar la libertad absoluta, esa que nos vuelve a todos locos y a unos pocos poetas. Así murió Peter Pan. Descanse en paz.

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Un pensamiento en “Leopoldo María Panero: así murió Peter Pan

  1. Un panegírico demasiado adulador en mi opinión, como ya decía michi la figura de su hermano ha sido engrandecida excesivamente por el halo de la locura y el malditismo, que han tenido más peso en la consideración de su obra que la calidad literaria de la misma.

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