Carlos Hevia Fernández

Bobos, profundos y malditos

Bumbury y Panero

Enrique Bunbury y Leopoldo María Panero

En vida, Leopoldo María Panero fue un tipo incómodo, el pariente con quien nadie quiere sentarse en la boda de un familiar, el poeta famoso a quien nadie leía, pero al que los modernos invitaban a sus kermesses para comprobar in situ cómo es la locura creadora, cuán grande el desatino de una mente difusa. Al verlo llegar, con su cara de manicomio franquista, musitaban un piadoso “pobrecillo, qué desmejorado está”, y después se situaban cómodamente en la butaca a aplaudir los balbuceos de un muerto.

Leopoldo María llevaba muerto y enterrado muchos años, aunque su iglesia gustara de desenterrarlo de vez en cuando y llevarlo en procesión a vía crucis en misas ateas donde le coreara un público de dandis, profesores de literatura y diletantes. Aunque no tuvieron demasiadas oportunidades de pasearlo ni aplaudirlo; el último Panero, el superviviente de una saga devastada, no se dejaba, era un tipo íntegro que se negó a convertirse en fenómeno maldito, en atracción morbosa de feria. Y en estos tiempos de literatos de pega que firman libros que otros escriben, sus poemas, relatos y ensayos son abrumadoramente suyos, no de negros de editorial.

El deber del poeta es explicar la vida, esta putada con fecha de caducidad, tratando de embellecer la podredumbre que nos acecha desde los rincones oscuros, donde no llega la luz de las farolas. Algunos como Leopoldo se meten demasiado en el papel y sólo escriben sobre la ruina, la depravación y la muerte. Seccionando cortes cerebrales, buceando en los pliegues secretos, sorteando la incomunicación, hiriéndonos con sus visiones.

Puede que fuera tan buen lector de poesía como poeta; sin embargo, nadie lo llamaba para hablar de poesía, lo querían tener delante para sentirse reconfortados ante la ruina mental de un lunático medicado durante décadas. Incluso se permitían frivolizar preguntándole sobre el manicomio, como si fuera el hotel con vistas al mar en el que vivía sin complicaciones, asistido por mayordomos que le traían el Haloperidol mezclado con Vega Sicilia a las horas precisas.

Nadie quiere vivir en un psiquiátrico, no es posible hacer abstracción de lo que te rodea. Porque lo que te rodea son seres humanos defectuosos, de miradas turbias por las camisas de fuerza químicas que los consumen, neurolépticos y antipsicóticos en el desayuno, la comida y la cena. Te rodean suicidas que lo intentan una y otra vez, esquizofrénicos visionarios a los que visita la Virgen María para entregarles cruciales mensajes de salvación que nadie quiere escuchar. Aparcados como coches rotos en un desguace en las afueras. Ésa era la familia de Leopoldo María. Y supongo que también su inspiración.

Hay poetas “oficiales”, algunos distinguidos con solemnes condecoraciones y premios, entregados por reyes y ministros. Citados por políticos analfabetos para presumir de intelectualidad –Aznar mencionaba a Luis Cernuda, Zapatero a Antonio Gamoneda-. Nadie se acercó nunca a hacerse una foto con Leopoldo María Panero, ajeno a las convenciones sociales, conversador tumultuoso y desquiciado, fumador compulsivo, molesto.

Ahora que por fin es “alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto, en qué ciudad, entre marineros ebrios”, ahora que se fue el personaje y queda sólo su literatura, puede ser un buen momento para, al menos, hojear sus escritos. Su Croupier del Mississippi, su Pavane pour un enfant defunt, cualquiera de sus fieros poemas tan descriptivos, tan irremediablemente suyos.

*Por respeto a los enfermos mentales y a nuestros lectores y por un escrupuloso sentido de la vergüenza, omitimos el vídeo de Enrique Bunbury, Carlos Ann y Leopoldo María Panero. De nada.

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