Carlos Hevia Fernández

El fútbol de los ricos

Del-Bosque-ya-no-se-pide-Busquets

Vaya por delante que me gusta el fútbol. Dentro de un orden, eso sí. Quiero decir que para que yo viera un Sporting-Éibar, por ejemplo, tendrían que atarme a una silla y sujetarme los párpados con fórceps como al viejo y querido drugo Alex en La naranja mecánica. Me gustan algunos partidos y determinados equipos. Cuando se están jugando un título, un pase a una final, cuando hay emoción en el juego. Y me gustan más los equipos energéticos,como los de Mourinho o Simeone, que parece que se han pasado con las vitaminas, que los pausados a los que se les ha ido la mano con la tila, como los de Guardiola o Del Bosque. Aunque ni el clásico Madrid-Barça lo aguanto sin tener entre manos alguna otra distracción: un periódico, el smartphone para mirar el feisbuk o un problema de ajedrez con el desenlace de una partida de Kasparov contra Karpov, pasatiempos. Se me hacen largos los partidos, me pasa como con las películas de Lars von Trier, les sobra media hora, generalmente la media hora en la que parió el argumento.

El domingo intenté ver en directo el enésimo partido del siglo, pero no encontré una página pirata con una señal potable, todas se atascaban más que el baño de un instituto, así que tuve que esperar al resumen en diferido. Lo cual es una ventaja, ya que expurgan todo el sobrante del fútbol, que es mucho -los tiempos muertos, las discusiones, las faltas, los saques de puerta, los de banda, los cambios- y se centran en lo trascendente. Y veo a Messi robando un balón en el área rival, como un pícaro de barrio, de potrero que le dicen allá en la Argentina, ¿viste?, pegarselo al pie y correr en paralelo a la portería sorteando un destacamento de defensas, en una décima de segundo frenarse, encarar a portería y marcar gol. Una maravilla, parecía imposible encontrar ese pasadizo por donde se cuela Leo, pero es Leo. Acto seguido, Di María, desenfrenado, dribla a todos los rivales que se interponen en su camino, alcanza la línea de fondo y centra, Benzema se desmarca, acierta a parar el balón con el muslo y dejárselo para volear hasta el fondo de la red con el pie derecho. Dos delicatessens de las que han hecho tan grande este juego. El resto es hojarasca.

Lo que no acabo de comprender es que se pueda ser del Madrid o del Barça no habiendo ido desde pequeñín al Bernabeu o al Camp Nou. No entiendo la identificación con los ricos. Los ricos, por definición, tienen que caer mal. No oirás a nadie decir que sigue a Amancio Ortega o Fernando Roig y no se pierde ni una inauguración de Zara o Mercadona, que aplaude a rabiar en cuanto el obispo riega con su hisopo el local bendiciéndolo (lo de regar con el hisopo es en sentido literal, no figurado). Los muy ricos están ahí -entre otras cosas- para descargar nuestra bilis, para llegado el momento bajarlos de su pedestal y cortarles la garganta si se ponen a tiro de revolución. Para colocarnos en nuestro lugar de simples humanos que nunca podrán dar la vuelta al mundo en un jet privado. Cuando los socios del Real Madrid votan a Florentino Pérez para presidir el equipo, cuando los aficionados acuden en peregrinación al hotel de turno -el mejor de la ciudad- y le piden autógrafos y fotos -quedé pasmado el día en que vi que llevaba un montón de fotos suyas firmadas para dar a los fans- para colgar en sus feisbuks, ¿que es lo que admiran de él? ¿Su dinero? Porque en esas alturas sólo hay dinero, se respira, se come, se vive para el dinero. Tanto tienes tanto vales.

Puedo entender a los críos, ellos no discriminan, sueñan que son Iniesta o Cristiano haciendo regates imposibles y goles por la escuadra, sueñan con ser cambiados por el entrenador en el minuto 89 y salir del campo con una ovación atronadora. Sueñan despiertos. A veces yo también sueño. Sueño que el Atlético de Madrid le gana la Liga a los pijos, a los todopoderosos, los restriega por el barro, les coloca orejas de burro y los pasea por los barrios bajos de la ciudad entre abucheos. Maneras de vivir.

Ah, la justicia poética, tan infrecuente y tan sabrosa.

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