Marcos García Guerrero

Fiebre (soporífera) en las gradas. Sporting 0, Murcia 0

Fotografía de Joaquín Bilbao, El Comercio

Comer pipas, arreglar el mundo, mirarle al culo a la tía de delante, hacer un Boeing 747 con la Hoja Rojiblanca y lanzarlo a la calva del linier (¡Tres puntos, colega!). Lo que sea con tal de no mirar lo que está pasando en el campo.

Y no porque no quieras mirar. Has ido al El Molinón con la mejor intención: bufanda al cuello, calculadora en ristre y pajas mentales suficientes como para imaginar al Sporting aún clasificándose para el ascenso directo. Pero Sandoval y el equipo están a lo suyo, y por más que intentes mirar lo que pasa en el campo, lo que ves ahí te hace desviar la mirada a otro lado (¡Hey, mira, un gamusino!).

Antes, cuando el Sporting estaba arriba, había dudas. Que si los árbitros, que si las pifias defensivas, que si no se matan los partidos, que si debe ser titular tal o cual jugador…, dudas futbolísticas razonablemente comprensibles. Pero esas dudas a día de hoy se han convertido en certezas: Sandoval no tiene ni puta idea de lo que hace y el equipo no juega ni a la ambrolla. Para atestiguarlo, sólo hay que repasar la infinidad de equipos titulares diferentes de esta temporada, el amor-odio del entrenador con media plantilla (Isma López, López Garai, Hugo Fraile, Sánchez Jara…) o los bodrios con los que nos obsequian últimamente los rojiblancos. El ejemplo más ilustrativo del caos ténico-táctico sandovalero lo vimos ayer, cuando es sustituido Álex Barrera para acabar el encuentro con cuatro delanteros (CUATRO), y ningún jugador para surtirles de balones. Sandoval Team.

El entrenador de Humanes nunca ha conectado con la grada (a excepción de los Ultra Boys…, ejem), y ese sentimiento puede que sea recíproco, habida cuenta de que después de más de un año en la ciudad el técnico aún vive en un hotel, como si su paso por tierras gijonesas fuese transitorio. Esa falta de feeling se ha reflejado en el poco entusiasmo de la afición sportinguista (por lo normal esquizoidemente entusiasta a poco que se la estimule) cuando el equipo estaba en lo más alto de la clasificación, y se refleja también ahora con el sopor que la tiene anestesiada conduciéndola no sólo a la hostilidad, sino a un estado mucho más significativo del fracaso del proyecto: la indiferencia.

Puede que mientras leas esto Sandoval ya esté haciendo las maletas (así no tendría que seguir poniendo días de descanso a cascoporro para poder bajar a Madrid a ver a su familia), o puede que siga arronchando cacahuetes del minibar de la habitación de su hotel. Ya casi nos da igual. Estamos adormecidos, presos de esta fiebre soporífera en la que nos ha envuelto. Aunque cuesta creer que, a falta aún de ventiún puntos por disputarse, Abelardo no pueda servir de mínimo revulsivo para reactivar a una plantilla que, a poco que haga, puede disputar la liguilla de ascenso.

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