Adrián Sánchez Esbilla

Historia viva. Real Madrid-Atlético de Madrid

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Hace cuarenta años, Georg Schwarzenbeck, un defensa central tronco y alemán que era el escudero de Franz Beckenbauer en el gran Bayern de mitad de los setenta, agarraba un zapatazo desde la frontal de área en el acabose del añadido que empataba una Copa de Europa legendaria.
Aquel gol inverosímil empataba la final, que había desequilibrado Luis Aragonés con un fino gol de falta a la altura del minuto 114 de la agonía de la prórroga. Entonces no se lanzaban los penaltis, así que la final quedó en suspenso hasta el replay que se jugó dos días después; de nuevo en el infame estado de Heysel. El Bayern, que de diez partidos contra aquel Atlético habría ganado nueve, se imponía 4-0, sin derecho a réplica.
Ayer, en Lisboa, no había replay, pero la historia se hizo una mueca grotesca a sí misma y precipitó a un Atlético en las últimas a una prórroga que habría perdido nueve de cada diez veces. El resultado terminó por ser 4-1, pero eso sólo son un par de números que no explican la realidad de un partido feo y desabrido donde a los de Simeone les faltaron piernas y recursos de segunda unidad… y así y todo lo tuvo, durante más de 90 minutos, lo tuvo. Nadie dio tregua. Nadie la pidió. El partido no fue un partido, sino una final y ésas, ya se sabe, no se juegan: se ganan.
El Real Madrid salió triunfante gracias a la mayor de sus virtudes: nunca se rinde. El Madrid siempre cree, no es un equipo melancólico como el Barcelona, ni fatalista como el Atlético. Hay cierta belleza en su arrogancia de campeón convencido, en su optimismo desmedido. Saben que, de alguna manera e incluso en la peor de las posiciones, sucederá algo que los favorecerá. Cree el Real Madrid en la siguiente oportunidad y, por eso, la caza tantas veces.
Durante tres cuartos el duelo fue una madeja de nervios, con situaciones aisladas como el fallo casi incomprensible de Bale tras limpiarse de la vista a Miranda con un amague de gran clase, que sólo desenredó la blandura defensiva de Khedira, un jugador sin alma de defensor al cual obligan, por físico y aspecto intimidatorio, a ejercer aquello para lo cual no está dotado, y una salida de Casillas de esas que te venden en el campo y en la prensa. A Godín le bastó con imponer su salto y tocar el balón. Dentro. Churrigol también vale.
Tardó en mejorar el partido, con un Real Madrid nervioso y un Atlético maniobrando con la reserva, sujetado por un Gabi pluscuamperfecto y un Villa volviendo a demostrar que es de esos que, cuando toca lo de verdad, juega. Su despliegue en la presión, su incansable recibir y desahogar, sus mil y un desmarques lo convirtieron en un ejército de un solo hombre, multiplicado para hacer olvidar la frivolidad de probar a Diego Costa donde no procedía.
Magníficos estuvieron también Adrián y Koke, pero faltaba ese extra, esa chispa que el Atlético ya había quemado. Cuando uno da todo, cuando uno intenta todo, no se le puede reprochar nada. La victoria, la Copa de Europa de hoy y la de hace cuarenta años, fusionadas en el imaginario atlético como partes de un mismo todo, estuvo a bidón de gasolina de película postapocalíptica, a una carrera del último de los interceptores…, pero el motor gripó antes.
El Khedira-fuera/Isco-dentro marcó lo que quedaba de partido. Empujó con todo, nervios y necesidades históricas incluidas, el Real Madrid, y el Atleti, obligado por los blancos y víctima de sí mismo también, reculó dramáticamente, convirtiendo los últimos veinte minutos en una cuenta regresiva. Hasta entonces los de Ancelotti habían sido poco más que las apariciones de Bale, el minucioso empeño de Modric y la caótica productividad de un Di María fenomenal en uno de los mejores partidos de su vida.
El argentino martirizó a Juanfran, que además terminó lesionado, con su estilo indescifrable de latigazos intermitentes. Cada galopada provocaba desequilibrios que servían, a su vez, para causar pequeñas grietas en enladrillado defensivo de Simeone en base a martirizar a los centrocampistas, interiores en incluso centrales, obligados a bascular continuamente, sin saber si esta vez Di María se lanzaba o no.
A la tremenda, en la agonía, el Real Madrid encontró el empate a falta de dos minutos de un desproporcionado añadido mediante un golazo de Ramos que cerraba un clímax de temporada antológico, con actuaciones decisivas partido sí, partido también. Otra media hora por delante. Demasiado desierto y de agua muy poca, ninguna. El Atlético, como dijo Michael, se limitaba a estorbar. Cuando Bale cazó un despeje de Courtois a tiro de Di María en lo que culminaba su enésima puñalada, la sangre de todas las heridas atléticas era ya incontenible, y el equipo, pálido, se limitó a recibir el resto de golpes.
El Real Madrid toca su propio mito y cierra una temporada mucho mejor de lo previsto, con dos títulos de gran mérito y un club pacificado. El Atlético, superlativo en el esfuerzo, puede haber acabado confundido porque lo último que ha hecho es perder, pero si se sacude eso rápido y se acuerda de un Liga que ha tardado dieciocho años en recuperar y de una identidad que llevaba extraviada otro tanto, reconocerá que su temporada no ha sido otra cosa que un triunfo monumental.

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