Rubén Paniceres

Putas, santas y brujas

brujas

Pilar Pedraza ha ido edificando a lo largo del tiempo, sea en el campo del ensayo como en el del relato literario, una aguda mirada que ha diseccionado con penetrante lucidez el lado oscuro de los arquetipos femeninos construidos por la mentalidad masculina revisando las diversas mitologías y universos de ficción que han retratado/deformado a la mujer como una figura inquietante y pavorosa. En anteriores trabajos como La bella, enigma y pesadilla (Tusquets, 1991); Maquinas de amar (Valdemar, 1998); o Espectra (Valdemar, 2004), la escritora, docente y académica ha explorado el enfoque que en las artes, la literatura, o el cine han recibido las diferentes visiones peligrosas sobre el imaginario femenino. Esfinge, Gorgona, Medusa, autómata, replicante, zombi, vampira; la hembra de la especie ha sido entrevista en los mitos, la literatura fantástica, la pintura o el cine como una telúrica amenaza para la seguridad varonil. A esos analisis se une, con el presente libro, el multicéfalo universo de las brujas.

Era inevitable un tratamiento sobre el mito y la realidad de dicho fenómeno, pues no solo continúa la estela de los estudios aludidos, sino que complementa desde el lado del ensayo la perspectiva que, bajo la creación literaria, ha estado presente en diversas novelas de la autora como La fase del rubí o La Perra de Alejandría.

La controvertida génesis de la brujería en Occidente, ha sido investigada desde muy variadas perspectivas por diferentes autores. Norman Cohn en Los demonios familiares de Europa, lo enjuició con criterios históricos y sociales, como una estrategia del poder establecido en la baja Edad Media y el Renacimiento, para buscar un chivo expiatorio a las contradicciones de una sociedad en sus sucesivas crisis. Estudios antropológicos sucesivos fueron los de Margaret Murray o Carlo Ginzburg, que trataron de exponer el verdadero trasfondo de la brujería como la pervivencia de cultos paganos centrados en la fertilidad y la renovación de la agricultura, los cuales fueron desacreditados por un intolerante e ignorante catolicismo que los reconvirtió falazmente en sectas de adoradores del diablo y la magia negra. Hubo además enfoques psicodinamicos como los del discípulo de Freud, Ernest Jones en su obra La pesadilla, donde se recurría a la consabida represión de la libido como origen de la bruja.

Manifiesto feminista

Aunque en su ensayo expone los principales puntos de esas teorías (así como del brillante tratado de Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo), Pilar Pedraza prefiere ejercitar un manifiesto de inspiración feminista sobre la cuestión. Su intención, según sus propias palabras, es la de “refrescar temas, acontecimientos y sobre todo imágenes relacionadas con las brujas y hechiceras, a través de las artes plásticas y audiovisuales, y realizar alguna visita literaria a lugares olvidados o muy conocidos, pero poco frecuentados en nuestra época”.

fase rubi valdemar

A partir de ahí, Brujas, sapos y aquelarres realiza un fascinante recorrido desde la antigüedad grecolatina hasta el presente más inmediato, pasando por el medioevo o el paisaje finisecular del siglo XIX. Homero, en la Odisea; Eurípides, en Medea; Apuleyo, en El asno de Oro; Horacio, en sus Épodos o el Satiricon, atribuido a Petronio, entre otros textos, describen la trayectoria de las hechiceras del mundo antiguo como seguidoras de las misteriosa divinidad lunar, Hécate, diosa de la sabiduría y la muerte, con una añeja distinción sobre el machote de Zeus y su cuadrilla de Olímpicos. Medea, Circe, Enotea son algunas de las inolvidables protagonistas recuperadas por el séptimo arte en el trasgresor cine de Pasolini, Fellini o Von Trier.

Pilar Pedraza rehuye el juicio de valor maniqueo y prefiere la búsqueda de una empatía con las razones de las hechiceras. La bruja es así una compañera de viaje de la bacante o la amazona, suerte de guerrilleras contra la épica oficial representada por héroes, como Jasón, Teseo o Hércules, conspicuos avatares del oportunista machismo de la época. Igualmente, las prosélitas de Hécate devienen en personajes en busca de autor en las creaciones Dante, Goethe o Shakespeare, cuyo Macbeth ha sido adaptado de manera imaginativa por Orson Welles o Román Polanski.

Fuga, hierro y fuego

El triunfo y hegemonía del catolicismo acarreó como consecuencia la terrible caza de brujas. Un auténtico genocidio o ginecidio, según la terminología que señalan autores como Bram Dijkstra, de miles y miles de mujeres que fueron sometidas a torturas, procesos y ejecuciones en la hoguera. El abominable Martillo de las brujas, tratado de 1486,obra de dos dominicos, Jacob Sprenger y Heinrich Kramer, fue el fundamento ideológico, para el exorcismo de un odio homicida hacia la mujer, encausada como una disidente en la concepción del mundo patriarcal.

Pedraza revive los celebres sumarios contra Juana de Arco, la santa quemada por bruja, o los autos de fe de Labort en la Francia de 1609; el de Logroño en 1610, que apostilló con socarrona ironía el ilustrado Moratín, o los tardíos juicios de Salem realizados en 1692 en el nuevo mundo, que, por desgracia, aun conservaba los prejuicios del viejo continente europeo. De los hechos se pasa a la ficción, reseñando clásicos del cine como La pasión de Juana de Arco (1928) o Deus Irae (1943) de Carl T. Dreyer o Haxan (1922) de Benjamín Christensen, sin olvidar títulos como Saint Joan (1957) de Otto Preminger; El proceso de Juana de Arco (1962) de Robert Bresson; Akelarre (1984) de Pedro Olea; El crisol (1996) de Nicholas Hytner o Las brujas de Zugarramurdi (2013) de Álex de la Iglesia.

En los versallescos jardines del antiguo régimen, tambien floreció la brujería. Es la apoteosis de los filtros de amor y de los venenos que emponzoñaron la corte del Rey Sol. Y donde un eximio escritor y extravagante ciudadano, el marqués de Sade les exigió a las brujas un mayor esfuerzo si querían ser mejores republicanas.

La pintura simbolista y la literatura de las postrimerías del XIX, alejan a la brujería de su marco rural primigenio, y la transplantan a los salones. La hechicera es reconvertida en fetiche del spleen de una burguesía finisecular que naufraga entre el tedio, la decadencia y los vicios sofisticados, disfrazados bajo el ropaje del ocultismo, la misa negra en el boudoir y el esnobismo ilustrado. La puntilla viene dada por el auge de las teorías psicológicas que transforman a la sierva de Satán en una enferma mental: La histérica, la cual ya no-sera poseída por el maligno, sino por el psicoanalista.

La brujería moderna

Los historia reciente recuperara de nuevo a la brujería desde muy variados aspectos. Por un lado la magia blanca con acentos New Age, mientras que en otro aspecto se produce un rebrote del satanismo, bastante falocentrico, representado por cultos como la iglesia de Satán de Antón Levey. O su adopción por fenómenos marginales de la cultura popular como el heavy metal de inspiración gótica, más deudor del fulgor y la sangre de la mitología nórdica que de la religión de Hécate.

Dichas culturas alternativas han nutrido asimismo a la posmodernidad cinematográfica dinamizando un nuevo genero, el mockumentary o falso documental con títulos como El proyecto de la bruja de Blair (1999) codirigida por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez y su secuela, El Libro de las sombras (2000), firmada por Joe Berlinger: juegos de espejos sobre la falsificación/invención de hechos apócrifos que terminaran engendrando terribles realidades, pues ya lo dijo el Bardo Inmortal, “nada hay malo, ni bueno, si el pensamiento no lo hace tal.”

The-Lords-of-Salem-2

En otra dirección el satanismo y la brujería han sido el nudo de obras a la vez tan austeras y delirantes como la soberbia Lords of Salem de Rob Zombie, impresionante reflexión sobre la ambigüedad de los conceptos absolutos sobre el Bien y el Mal.

En su libro, la autora de Arcano 13 nos propone tambien un sugerente recorrido por los diversos tratamientos de la brujería en las artes plásticas. Las obras de Alberto Durero, Felicien Rops, Salvator Rosa o Goya son un fiel exponente de la fóbica misoginia hacia el cuerpo femenino. Anclada en el mayor pecado que hombre no puede perdonar a la mujer: que esta envejezca. El capitulo más sobresaliente del libro es posiblemente el titulado ‘La bruja vieja’, en que las miserias del declinar de la carne femenina sirven de ilustración de una moral de la abyección que valora a la mujer como un objeto de obsolescencia planificada. La respuesta a dicha degradación la presentan la obra de artistas, como Leonor Fini, Ana Mendieta, Cindy Sherman o la performerMarina Abramovic que intentan diversos comentarios/estrategias para recuperar la identidad del cuerpo femenino.

Cinéfila infatigable, Pedraza tambien dirige nuestra atención hacia peliculas de género debidas a cineastas como Mario Bava, Darío Argento, Michael Reeves, Curtis Harrington o Agustín Villaronga, modestos en intenciones, ambiciosos en sus resultados, que han facturado pequeñas obras maestras como La mascara del demonio; Suspiria; The Witchfinder general; ¿Qué fue de tía Roo? o 99.9, entre otras exploraciones de ese país desconocido, auténtico corazón de las tinieblas que subyacen en el ser humano.

En definitiva, Pilar Pedraza, está en cierta sincronía con un Jules de Michelet, el cual, con su obra La bruja, publicada en 1862, consideraba a la brujería, en el caso de que esta existiera, como una rebeldía contra un orden injusto. Porque, después de todo, el segregar a la mitad de la humanidad como una especie diabólica sí que es un verdadero acto de magia negra.

He de reconocer que para un moderado misógino como el que esto suscribe, el enfoque de Pilar Pedraza es un revulsivo. Claro, que esa pudiera o pudiese ser la intención de la autora. Tal vez sea útil recordar lo que le contestó José María Pemán al “sargento” Millán Astray durante su intento de finiquitar a Unamanuno. Cuando el aguerrido legionario, grito “¡Viva la Muerte!”. Pemán, le repuso: “No, mi general, ¡viva la inteligencia!”.

Bien, en este libro, hay sobradas cantidades de dicha cualidad.

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