Jorge Alonso

Todos los hombres buenos

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Seguramente el primer nombre que nos venga a la cabeza si pensamos en la antigua Roma sea el de Julio César, es probable que con razón. Sin embargo  si alguien cambió el rumbo del imperio fue su sobrino nieto, ese político brillante que pasó a la historia como Octavio Augusto. El primer emperador de Roma.

La Roma republicana era un ideal que perdía brillo a medida que se acercaba la lupa. Corrupción, brutales desigualdades sociales y concentración de poderes en manos de una oligarquía, los patricios. No faltaron conflictos ni dictaduras, ahí está Sila, el terrible Sila. Pero hubo intentos de reforma, de mantener la república romana lejos de aquello que más temían los romanos: la monarquía.

Bruto y Bruto

Cuando Roma luchaba por la hegemonía en la península itálica y por obtener influencia en el Mediterráneo, rodó la cabeza de su último rey, Tarquinio el Soberbio (534-509 a.C), y uno de los conjurados, de los ejecutores, fue Bruto. Sí, antepasado de ese otro que hundió la daga en el cuerpo de César ¿Por qué? ¿Por qué Bruto, Casio, Cenna y tantos otros decidieron acabar con César nada menos que en el senado? Por el bien de la república, para evitar que esta se convirtiera en monarquía ¿No?

Cayo Julio César no era precisamente el Ché Guevara, pero sí que sentía más simpatía por el pueblo llano que muchos de sus contemporáneos. Si buscamos entre los protagonistas del momento, el siglo I a.C, encontramos a Pompeyo el grande, el restaurador del orden a la muerte de Sila, el general victorioso, el hombre querido y prudente que confiaba, sobre todas las instituciones, en el senado. Tenemos a Cicerón, brillante orador, escritor de pluma afilada y amante de las formas que habían hecho de Roma la mayor potencia sobre la tierra por ellos conocida, aunque si alguien amaba y protegía las tradiciones ese era Catón, el austero, enjuto, insobornable Catón.

César pertenecía a la nobleza más pura de Roma, emparentado con Eneas, nada menos, y con la propia Venus, un patricio orgulloso de sus antepasados, su dignidad y su posición, pero considerado como “político del pueblo”. Insistimos, no era ni mucho menos un revolucionario pero, como bien señala Robin Lane Fox en su ameno y riguroso El mundo clásico (Crítica, 2007), pocos más astutos que él en aquel momento. Un ejemplo, cuando fue cónsul en el 59 a. C. consiguió que las actas del senado fueran públicas. Así todos podían saber, por ejemplo, que Cicerón se refería al pueblo como “rebaño” o “hez”. Tipo listo César, sí, pero no tanto como Octavio, lo veremos.

Triple rechazo

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Vayamos al meollo de la cuestión ¿quería César ser rey? Shakespeare nos cuenta en su obra como rechaza hasta tres veces la corona (simbólica) de manos de su querido y fiel Marco Antonio, otro de los grandes nombres de esta historia. Y así fue. No es fácil descubrir a César de un vistazo, echémosle tres y usemos la pantalla para ello. En Roma, la magnífica serie coproducida por HBO, BBC y la RAI (y grabada nada menos que en los Cinecittà italianos), bastante maltratada aquí por Cuatro que finiquitó su segunda y última temporada en dos jornadas maratonianas, Jueves y Viernes Santo, podemos seguir a César desde la Galia hasta su muerte a los pies de la estatua de Pompeyo. Y qué César, clavado por Ciáran Hinds, probablemente el más completo que hayamos podido disfrutar.

Le vemos en la Galia, decíamos, allí se fue tras su consulado con la idea de volver a optar al puesto una vez pasados los diez años que la ley marcaba para repetir cargo. Y volver con los bolsillos repletos, que es a lo que se dedicaban los que gobernaban en las provincias. En ese puesto se labró su muy merecida fama de general imbatible y adorado por unas legiones que se habían ido proletarizando progresivamente. Luchad por mí y viviréis por mí. Roma mientras bullía, burbujeaba, hasta que la temperatura se hizo insoportable. Las medidas de César durante su consulado -entrega de tierras al pueblo y otras nada populares entre los patricios más conservadores- le habían procurado no pocos enemigos, pero nadie calculó las consecuencias de los ataques al general ausente.

Clodio, otro de los campeones del pueblo, fue asesinado en plena calle, y desde el senado el cónsul Léntulo propuso la vuelta forzosa de César y el abandono de sus ejércitos. Roma bullía, y se produjo lo inevitable. El “Último Decreto”, la medida que dejaba Roma poco menos que en manos de la ley marcial. Marco Antonio fue en busca de su amigo y César no dudo un instante. Cruzó el Rubicón, y citó al poeta Menandro (“Alea jacta est”, la suerte está echada) entrando en Italia al frente de sus legiones. Era la Guerra Civil.

César en Egipto

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Pompeyo huyó de Roma para ser derrotado al mando de sus legiones en Farsalia (48 a. C.) y morir recién llegado a Egipto, asesinado para dar gusto al nuevo hombre fuerte de Roma. A Egipto se dirigió nuestro César, ya nombrado dictador, allí le encontramos encarnado por Rex Harrison en Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), quien tuvo que luchar por su espacio entre Liz Taylor y Richard Burton hasta en el cartel de la película.

En Egipto hubo de lidiar con las disputas internas entre los dos hermanos Ptolomeos (descendientes del general griego que sirvió a Alejandro Magno), Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIII. Al año siguiente de su llegada la disputa estaba finiquitada. Y no es necesario saber que cabeza rodó y cual se recostó el pecho aún latente de César. Luego vendría el guerrero enamorado de Grecia, el vino, la noche y la reina de Egipto, ese noble bruto llamado Marco Antonio (lea No digas que fue un sueño del añorado Terence Moix). Pero había que volver a Roma, había que tomar las riendas y volver a poner en orden en casa, aunque fuera con un hijo de nombre Cesarión.

Ya en Roma le otorgaron tantos y tan variados honores que tal perece que estaban tanteando cuál era el límite de César, a qué le diría que no. Él, con el dinero “ganado” en Galia, hacía lo que todos los romanos ricos hacían, construir obras públicas (el lujo privado era el que censuraban). No todo era ganarse al pueblo con pan y circo. Colonias para sus veteranos, el nuevo Foro (que no vería acabado), templos en honor a Marte o Venus Genetrix… también intentó implicar a las provincias en el destino del Imperio Romano, y decidió aumentar el senado a 900 representantes, convirtiéndolo así en un órgano inoperante, y fue nombrado dictador vitalicio. Dictador vitalicio ¿eso es casi como ser rey, no?

Así nos lo encontramos en la formidable adaptación que Manckiewicz, hizo de la obra que iluminará el Niemeyer, ese Julio César (1953) que es puro teatro; ahí tenemos a un César maduro, mayor, pero aún activo, aún ambicioso, altivo y funcional, interpretado sin fisuras por Louis Calhern.

Y tenemos a Casio, ese hombre que, como dice el propio César, está demasiado flaco y además “lee mucho, es un gran observador, y penetra muy bien las acciones de los hombres”. Tanto era así que despertará a Bruto, al noble Bruto. “¿Duermes Bruto?” rezaban algunas paredes de la capital.

César dictador vitalicio, casi rey ¿dónde quedará nuestra república? ¿Dónde la libertad? No fueron pocos los senadores que aquellos Idus de Marzo de los que César no quiso cuidarse, acabaron con su vida en el 44 a. C, fueron más de sesenta quienes le apuñalaron veintitrés veces mientras Marco Antonio era entretenido fuera del senado. Bruto quería defender la república, aunque fuera asesinando a su admirado César, y por ello perdonó la vida a Marco Antonio, por así decirlo.

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Claro, él no podía saber lo que Maquiavelo defendía con vigor: “El muerto no puede pensar en la venganza”. Pronto Marco Antonio excitaría al pueblo de Roma en los funerales de César, aunque no con el impecable y electrizante discurso firmado por Shakespeare que Marlon Brando haría (más) inmortal, recurrió a actores, al generoso testamento de César y, pronto, a su sobrino nieto. Octavio, el joven Octavio, el prudente Octavio, el que más tarde acabaría con sus enemigos (Marco Antonio, Cleopatra y Cesarión incluidos) para vestir de ropajes republicanos el imperio. Su imperio. Tal vez César nunca quisiera llegar a ser rey, pero su heredero consiguió ser emperador.

 

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