Víctor Guillot

Toni Servillo: el arte, la inteligencia, la libertad

toni-servilloLa primera vez que disfruté de una película protagonizada por Toni Servillo fue con motivo de un ciclo organizado por el Centro de Interpretación del Cine en Asturias en el año 2011. Junto a Rubén Paniceres, programamos una treintena de películas que iban del giallo fundado por Dario Argento con sus excelentes El pájaro de las plumas de cristal o Rojo Oscuro, pasando por los filmes policiescos setenteros de Francesco Rossi o Elio Petri, al que no haríamos honor si no mencionáramos su Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha.

En el ciclo contamos con la participación de los críticos Adrián Esbilla, Jesús Palacios, Rubén y Ángel Sala, director del Festival de Cine de Sitges. Il Divo, dirigida por Paolo Sorrentino, y Gomorra, realizada por Matteo Garrone, a su vez buena adaptación del reportaje homónimo que firmó el periodista Roberto Saviano, culminaban el ciclo, pues tanto Rubén como yo comprendimos desde el principio que aquellos dos trabajos se convertirían con el tiempo en referentes incontestables de un género que lograba renovar una tradición esencialmente italiana, mezcla del cine negro, el cine de terror y el cine político con la Mafia como tema, como clima, como ambiente, como idea del poder y como protagonista, siempre apoyada u oculta bajo la sombra de las grandes instituciones italianas, o sea, sus políticos.

Ya entonces, uno podía inferir que Toni Servillo ejercía de algo más que del papel de un brillante actor; que, en realidad, había una vocación o un compromiso políticos muy intensos no sólo por su forma de interpretar sino, sobre todo, por la acertada elección de los guiones y la construcción de sus personajes. Después ha llegado La gran belleza acompañada del triunfo de un actor que no renuncia a la entrega intelectual que se deriva de su oficio, confirmado nuevamente en su sexta película Viva la libertad, que se estrena hoy en los cines.

El teatro como asamblea

En la entrevista publicada recientemente en El País Semanal, Toni Servillo desvelaba la naturaleza política del acto de la interpretación. «Soy un actor que pasa la propia vida creyendo que los autores que interpreta son modelos de referencia (…). Soy un actor que busca transmitir y sugerir aquellos mundos poéticos a una asamblea. Porque el teatro es todavía una asamblea democrática, un lugar donde viene exaltada la vida, un lugar que se opone a la muerte. No a la muerte física, a la que no nos podemos oponer, sino a la muerte de las pasiones, de los sentimientos, de la participación».

Marco Antonio Servillo nació en Afragola, a cinco kilómetros de Nápoles, donde según la leyenda surgió Polichinela, el personaje de la Comedia del Arte. Vive en Caserta. Allí fundó en 1977 el Teatro Studio de Caserta y en 1987 participó en la creación del Teatri Uniti de Nápoles, donde continúa trabajando tanto como actor como director de obras de matriz napolitana.

En las diferentes entrevistas que habitualmente concede, uno comprueba que Toni Servillo no es un actor que se inhiba de hacer declaraciones sobre la situación política que ha sufrido Italia en los últimos veinte años. Ha manifestado la necesidad de devolver a la política la dignidad de las ideas, tratando de alejarla del espectáculo en que tecnócratas, por un lado, y Beppes Grillos por otro, han terminado convirtiendo la política italiana, merced, cómo no, a los constantes escándalos y corrupciones de su hasta hace tres años primer ministro Silvio Berlusconi.

Giulio Andreotti que estás en los cielos

Sorrentino y Servillo modernizaron el cine político italiano con Il Divo logrando que la épica política se deslizara hacia el esperpento, sin restarle un ápice del horror que se deriva de los crímenes de la Mafia. La película comienza con el asesinato de Salvo Lima, el contacto de Giulio Andreotti con la Cosa Nostra, organización que acabó con la vida de Lima en marzo de 1992.

toni servillo - andreotti IL DIVO

Andreotti fue siete veces primer ministro italiano, otras tantas ministro con cartera y finalmente senador vitalicio. Falleció hace un año. No sabemos si ordenó este asesinato; lo que sí sabemos es que Andreotti fue todo un símbolo del poder en Italia. Bajo la apariencia de un hombre débil y enfermo se escondía todo un teórico del poder que había superado con creces a Maquiavelo, alejado de cualquier imagen que lo hiciera parecer un tipo aterrador. Tenía el Estado en la cabeza o, mejor dicho, el poder, tanto en un sentido abstracto como en un sentido absoluto y real. Como dijo Oriana Fallaci, «Andreotti asusta porque el verdadero poder no necesita arrogancia, ni una voz aterradora. El verdadero poder te estrangula con lazos de seda, con encanto e inteligencia».

Nadie mejor que Toni Servillo, hombre procedente del teatro, para dar vida a esta inteligencia de la democracia cristiana que, siendo el primer hombre de Italia, actuaba con la humildad y la discreción del último para controlar todas y cada una de las instituciones políticas, sociales y económicas de Italia. La voz en off de Toni Servillo desvela la esencia de Andreotti cuando asume el papel: “Guerras púnicas aparte, me han acusado de todo lo sucedido en Italia. En el transcurso de los años me han honrado con numerosos apodos: Il Divo Giulio, La Primera Letra del Alfabeto, El Jorobado, El Zorro, El Moloch, La Salamandra, El Papa Negro, La Eternidad, El Hombre de las Tinieblas, Belcebú, pero nunca me he querellado por un sólo motivo: poseo sentido del humor”.

Servillo pone en práctica un ejercicio de finezza suprimiendo cualquier gesto de su rostro, actuando sólo con los mínimos recursos indispensables que le ofrece la interpretación para lograr el mayor resultado, convencerte de que él es Il Divo, él es Giulio Andreotti, un tipo que, como veremos más adelante, guarda bastantes rasgos comunes con el vitelloni Jep Gambardella. Desafecto a la grandiosidad de Roma, a su imagen frívola, a sus vicios y pecados, a sus ornamentos constantes y decrépitos, sin embargo, los conoce y los utiliza todos. Se sirve de las debilidades de los demás para mantener el poder, para ser el poder, aunque sea al servicio de la Cosa Nostra o viceversa. «No se hace una idea de los horrores que tiene que cometer el poder para asegurar la tranquilidad y el desarrollo del pais. Durante muchos años el poder he sido yo. Es monstruosa e inconfesable la contradicción de perpetuar el mal para garantizar el bien. La contradicción monstruosa que me convierten en un hombre cínico».

El gran hallazgo de Servillo junto a Sorrentino es lograr transmitir la idea de eternidad en un hombre que sucede a generaciones de políticos ambiciosos y que ha llegado a creerse que sobrevivirá a todos los papas, a todos los capos e, incluso, a la propia Roma. En definitiva, la imagen de la inteligencia como expresión de la inmunidad a la ley, a la política, al tiempo, porque la ley, la política y el tiempo son él. Es tal la fuerza de este personaje que uno cree que Servillo, Sorrentino y cualquier espectador terminan sucumbiendo ante él. El terror se transforma en un extraño, monstruoso y perverso sentido de la admiración.

Partidos y nostalgia

Servillo es un buen conocedor de la política italiana. Reconoce la decadencia de los partidos políticos que hasta ahora venían dando una orientación ideológica y moral. Defiende los partidos como instrumentos de acción política, pero desde la nostalgia reconoce que esa política dictada desde los principios se ha desvanecido anunciando un horizonte trágico.

En la misma entrevista citada defiende: “La ideología no es algo de lo que haya que avergonzarse ni que paralice la libertad de pensamiento. Uno tiene ideas porque se hace una idea del mundo. La otra cuestión, ligada a la primera, es que tal vez no conseguimos entender las decisiones de la política porque no es en el mundo de la política donde se toman las decisiones. Probablemente las decisiones estén siendo tomadas por potentados que deciden en un determinado momento quién tiene que ser sustituido y quién tiene que ser colocado en su lugar”.

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Aunque, hace unos años, el actor declaró que después de meterse en la piel de Giulio Andreotti en Il Divo, no habría más primeros ministros para él, en Viva la libertà vuelve a la representación política con una fábula en la que Enrico Oliveri, presidente de un importante partido de izquierdas, desaparece cansado de su representación. El partido, para disimular su espantada, recurre a su hermano gemelo, un intelectual que ha pasado una larga temporada en un centro de salud metal y que revolucionará la política con sus ideas y su forma de actuar.

Qué duda cabe que Toni Servillo es un actor dotado para transformar los géneros. De la épica al esperpento, como sucede en Il Divo o también, por qué no, en La gran belleza, entendida desde una visión épica y no sólo costumbrista de la vida social romana, partiendo de su monumentalidad y gradiosismo, para desembocar en el drama y el humor más felliniano. Me gusta pensar que Sorrentino y Servillo son un binomio perfecto para lograr que la ironía se deslice hacia la tristeza. De ahí la clave de sus aciertos y, particularmente, la apuesta por un impulso cultural de la política, que trate de salvar el debate público de ser convertido en un espectáculo de mal gusto.

Sorrentino y Servillo

La relación laboral entre Paolo Sorrentino y Toni Servillo se sostiene sobre el fino alambre de la complicidad. Dos miradas comunes que no necesitan explicarse demasiado para construir los personajes que ha encarnado el protagonista de Il Divo. Toni Servillo conoció a Paolo Sorrentino en su compañía teatral. Sorrentino había escrito el guión de Las consecuencias del amor, la primera película en la que ambos trabajarían juntos. Las consecuencias del amor era su sexta película como director. Servillo no se imaginaba a si mismo como un actor de cine, aunque en él prevaleciera un deseo vago, perseguido sin anhelo, ha llegado a decir cuando recuerda aquella época. Servillo ha confesado en más de una ocasión que Sorrentino fue el director de cine que le permitió ser actor en la gran pantalla. «De no haber sido por él mi amor por el cine, mi pasión por el cine, no se hubiese alimentado». El propio Sorrentino ha llegado a confesar que dirigir a Servillo es como dar un paseo: «Cuando le veo en la escena atiendo a un milagro».

Toni Servillo es un actor de izquierdas que comprende que hacer cine es adherirse a la vida y aportar un sentido crítico que te permita despegarte de ella para poder observarla con distancia. Pero en la vida pueden darse tensiones involuntarias. No es un actor de método, pero sí un profundo conocedor de las artes.

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En cierta ocasión explicó su manera de entender el arte de la interpretación: «El teatro de hoy no puede prescindir de las conquistas del cine. Lo máximo o lo mínimo que uno aporta al personaje son medidas que cada uno debería saber administrar tanto en el teatro como en el cine. En cuanto a la musicalidad de mis interpretaciones, soy un apasionado de la música. Cada actor tendría que conocer muy bien este arte ya que, a menudo, el significado último de una frase o un comportamiento no queda claro con lo que se dice sino con cómo se dice o con el comportamiento que se tiene. A menudo todo esto cobra sentido en la música, en los ritmos, la posición exacta en el palco escénico o en el set de rodaje». Por otra parte, cuando descubrimos a Jep Gambardela, a Giulio Andreotti o al Ernani socialista de Viva la libertad, influyen otras circunstancias. Servillo acepta que su manera de trabajar es, básicamente dialéctica. «Seguramente el trabajo de un actor está marcado por el guión, el plató, el ambiente. Es importante la precisión de los rasgos del personaje que el guión explica, como se desarrolla la personalidad del protagonista. Lo mismo para los escenarios. Tanto misterio, tanta elocuencia. Todo eso tengo que construirlos dialécticamente con los ambientes que crea Paolo Sorrentino».

Ero destinato a diventare Jep Gambardella

Toni Servillo ha definido a Jep Gambardella como un cínico sentimental desilusionado que opone su propio vacío al de este mundo que gira sobre sí mismo. Como Giulio Andreotti, la vida de este escritor de un solo libro, periodista cultural en un magazine, transcurre desafecto a la monumentalidad de Roma y sus mujeres. Si Il Divo vivía obsesionado por el poder, Gambardella sólo logra que algo le paralice: la belleza. Pero aquí no hablamos de la belleza de Roma, ni siquiera de sus mujeres. Lo que detiene a Gambardella y lo mantiene encerrado en el paroxismo como si padeciera un extraño síndrome de Stendhal no es otro lugar que el recuerdo de la primer mujer amada.

Como el propio Jep recuerda desde el balcón de un palacio en Plaza Navona, «el descubrimiento más importante que hice pocos días después de haber cumplido los 65 años fue que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer. Cuando llegué a Roma, me precipité demasiado rápido, a penas sin darme cuenta, en aquello que se podía llamar la vorágine de la mundanidad. Pero yo no quería ser mundano, quería ser el rey de la mundanidad. No sólo quería participar en todas las fiestas, quería tener el poder de hacerlas fracasar».

Efectivamente, Jep aspira a un tipo muy determinado de poder, el poder de ser un hombre capaz de reprobar la conducta de los demás. En el fondo, es un moralista como lo es también Andreotti. Todo cínico lo es, aunque enmascare su conducta bajo la sonrisa indeleble de la indiferencia.

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Si hay algo que me gusta de La gran belleza es que se trata de una película que se permite el lujo de poder ser disfrutada “a cachos” con la misma intensidad que si uno la viera en toda su integridad: Gambardella paseando por Roma, Gambardella en una tertulia, Gambardella junto a su amigo Romano, Gambardella y su amigo proxeneta Egidio, Jeppino y su jefa Adina, Gambardella ejerciendo su oficio de periodista ante la artista estúpida de turno, Gambardella y la hermosa Ramona o, por qué no, Gambardella discurriendo sobre los milagros junto a un obispo y una santa. Todos ellos, incluido Servillo/Gambardella, habitan en un mundo que ya no es refinado, que se pierde en la vacuidad de la palabrería, la doble moral, el ruido, la demagogia. No es un mundo muy distinto al de Andreotti, aunque a diferencia de este, en la Roma de Gambardella nadie se muere de una bala la cabeza. Pero en este mundo hermoso y frívolo y sólo en este mundo es donde cobra sentido la vida de Gambardella.

El cinismo de Jep nos permite a nosotros como espectadores hacer el juicio moral de la dolce vita romana, deslizarnos ante el deseo de sentirnos partícipes de ella y sentir asco inmediatamente después para finalmente perdonarlo, porque todos hemos sucumbido a él. Roma necesita a Gambardella tanto como Gambardella a Roma. En la vida de Jep ya no sucede nada. Y en ese sentido Servillo logra que identifiquemos al escritor con la ciudad. Como el propio personaje le confiesa a su amigo Romano: «En Roma pasa de todo, porque en el fondo no pasa nada».

Rick Blane/ Bogart nos enseñó que todo cínico fue antes un idealista que creyó una vez en algo. El mundo de Gambardella finge una felicidad que se desvaneció hace muchos años y que todos, también Jep, tratan de ocultar bajo una máscara de bótox, una fiesta en la terraza de su apartamento, una cena junto a Antonello Venditti o una noche junto a una hermosa mujer llamada Ramona. En ese mundo ficticio uno se puede cruzar con Fanny Ardant o descubrir una cita de Moravia que, como las congas de Roma, son las mejores porque no conducen a nada.

Porque, efectivamente, todo es un truco. Y nosotros nos depedimos con otro, en boca de nuestro querido Jep que ha vuelto a escribir otra novela: «Siempre se termina así, con la muerte. Pero primero, ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla. Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados e inconstantes destellos de belleza, la decadencia, la desgracia y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla,bla,bla. En otros lugares hay otras cosas. A mi no me interesan. Así pues, que empiece la novela. En el fondo, es sólo un truco. Sí, sólo es un truco».

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