Carlos Hevia Fernández

10 canciones para un ingenuo anarquista

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Get back The Beatles 1969. A los doce años pasábamos gran cantidad de nuestro tiempo libre en las salas de juegos. Empezaban a llamarse así, y aunque aun resistía la denominación de billares porque solía haber al menos una mesa, casi todo eran máquinas del millón. Cuando llegó Get Back a la máquina de discos -ni gramola ni jukebox- de Los Electrónicos, un local espacioso y con el suelo de linóleo que antiguamente había sido sala de fiestas, me impactó. No me cansaba de escucharla una y otra vez golpeando con el pie en el suelo y meneando mi incipiente melena.  En el catalogo sobresalía la discografía de Victor Manuel, también Nuestro pequeño mundo, Aguaviva, Camilo Sesto, cosas así.

Maggie May Rod Stewart 1971. Dos años mas tarde, con catorce, ya frecuentábamos algunos bares. Por supuesto podías beber y fumar lo que quisieras, a treinta y cinco pesetas el cubalibre y a seis la cajetilla de Celtas. En Los Faroles, un bar con el meadero y un apartado para parejas atrayente y algo perturbador en él sótano, también tenían maquina de discos, un duro dos canciones. El camarero, Jose, era un tipo simpático, pequeñín, cabezón y con unas gafas de Rompetechos que minimizaban sus ojos tanto que no distinguías si los tenía abiertos o cerrados. Maggie May era de lo mejor que podías oír, pero también se escuchaba Lone Star o Nino Bravo.

Je t’aime, moi non plus. Jane Birkin & Serge Gainsborough. 1969. La canción más sensual de la historia. En la discoteca “El Columpio” la pinchaban siempre. Si conseguías una pareja de baile cuando empezaba lo “lento”, rezabas para que el disc-jockey pusiera Je t’aime. Uno iba arrimándose poco a poco para acabar con la cara a cuarenta grados y las orejas como pimientos morrones. Claro que era fácil calentarse entonces. La motivación de que disponíamos para darnos un auto-homenaje era, en el mejor de los casos, un calendario de bolsillo con una chica en bikini o en camisón. En aquellos tiempos triunfaban la imaginación y los parques. Si me pedís una recomendación, para hacer el amor Leonardo Cohen está muy bien; para echar un polvo vale lo mismo AC/DC que Madonna.

Sweet Virginia (Exile on main street. 1972) The Rolling Stones. Suenan las primeras notas con la guitarra acustica de Richards y la armónica de Jagger e inmediatamente te transportan a un tugurio lleno de humo, con la música mezclada con el murmullo del público. Keith tocando sentado en un taburete, el sempiterno pitillo colgando de sus labios, Mick maquillado de fiesta apoyando la mano en la cadera. Cualquiera pensaría en un disco en directo grabado en un antro del Village o en cualquier pub de Londres, sin embargo fue en un estudio improvisado en una mansión de la riviera francesa.  Puedes oler los porros, y cuando aparecen los coros, son un grupo de colegas celebrando un cumpleaños a la una de la mañana, colocados como cabras cafeteras, sin responsabilidades, sin miedo al futuro, puro hedonismo y diversión. Contagiosa, además. Si cierras los ojos puedes imaginarte allí mismo, cerveza en mano. A veces la pongo, saco el kazoo del cajón y soplo a dúo con el saxo de Bobby Keys.

Powderfinger  (Rust never sleeps. 1979)Neil Young H. y yo eramos amigos, paisanos y compañeros de trabajo.  A veces nos tocaba guardia juntos, íbamos en su coche o en el mío. En mi Opel Corsa 5 puertas solía sonar siempre el Exile on Main Street. H., empeñado en levantarmelo, me ofrecía cambiarlo por alguno de sus casetes. Un día consiguió convencerme, pese a que sabía que no lo volvería a ver y a cambio cogí el Rust Never Sleeps que tenía tirado en la guantera de su Renault 12 . Nada más escuchar el guitarrazo de entrada y la primera estrofa supe que me había enamorado para siempre de esta canción. H., gran persona y desprendido aunque no devolviera los prestamos, nos abandonó demasiado joven, consumido por un cáncer de estómago. Una gran parte de la vida son el recuerdo de aquellos que vamos dejando por el camino.

The End  (The Doors 1967). The Doors. Cuando has tomado un ácido, la música no entra solo por los oídos; te embiste, te golpea en el estomago, circula alrededor de tu cerebro haciéndose visible. Puede crear una vía láctea psicodélica delante de tus ojos. Y The End tiene un ritmo hipnótico, sincopado, propio para la inmersión. Me había comido media pirámide marrón y las palabras como sentencias de un poema épico de Jim envueltas en el órgano de Ray Manzarek, cascabeles y campanillas al fondo, era una invitación a acurrucarte en la oscuridad.  De pronto arañas negras invadieron las paredes, empecé a flotar y desde la cornisa del cine de enfrente creí verme ahí, sentado en el suelo. Realmente parecía El Fin, pero todo lo que sube baja y quien no ha tenido un mal viaje.

Heroin Velvet Underground 1967 . Lou Reed canta: “No se adonde voy/ pero voy a intentar alcanzar el reino/ si puedo…” En los setenta, la heroína todavía era una sustancia con glamour para connaiseurs, para los que estaban en el ajo. No se vendía en chabolas del extrarradio, si no en pubs y cafeterías de mesas de mármol en las zonas viejas de las ciudades, en buhardillas del centro. Hacia el setenta y ocho unas cuantas parejas viajaron a Bangkok de luna de miel y de souvenir se trajeron caballo. Puro blanco tailandés. Una vez cortado, el polvo esponjoso corrió por los ambientes del rollo «como una bola de opio que rueda alrededor del mundo» (W. S. Burroughs).  Entonces nos creíamos los tipos mas enrollados de la ciudad, algo así como sumos sacerdotes de un rito arcano y secreto, oficiado con cuchara de plata y jeringa de cristal. Flotando por encima de las vidas burguesas y simples de los demás. No duró mucho tiempo, pronto se convirtió en algo sórdido y tan peligroso como la ruleta rusa.

Anarchy in the UK.  (Never mind the bollocks 1977) Sex Pistols.  Acababa de palmar Franco y empujábamos para entrar de una jodida vez en la modernidad. La política era tan popular como el fútbol, de ahí la sopa de letras de la Santa Transición. Troskos, maoístas, socialistas, marxistas revolucionarios, una indigesta papilla de siglas: LCR, MC, PRT, ORT, PCE, PCPE, JC…Unos pocos nunca comulgamos con la dictadura del proletariado, sospechando que no era muy distinta de una militar ni de una tecnocrática. Fundamos el GAD (Grupo Anarquista Durruti), y nos “jugamos el tipo” pintando con sprays Libertad sindical, imprimiendo panfletos en una vietnamita en el local de la CNT/FAI y fabricando pegatinas con cinta adhesiva. Se cuentan muchas batallitas de aquellos tiempos, pero la realidad es mas prosaica; íbamos tan cagados que casi siempre distribuíamos los folletos por el extrarradio y acababan en cunetas por las que no pasaba nadie. Nada heroico. Cuando salió el disco de Sex Pistols en el 77, vistas las componendas del régimen con sus presuntos opositores, ya intuíamos que no se puede cambiar el mundo, así que el nihilismo era un lugar confortable en el que sobrevivir. Y lo sigue siendo.  I am an anti-christ, I am an anarchist…

Billy (BSO Pat Garrett y Billy the kid. 1973) Bob Dylan. Cuando salió la película yo ya era dylanita. Algunos amigos me cuestionaban el gusto; pero si canta como un gangoso resfriado, decían. Ellos eran más de los Módulos. Verle actuando en la película de Peckinpah en el papel de Alias, un tipo lacónico y diestro con el cuchillo, con su barba de chivo y su chistera con pluma y firmando además una de las mas certeras bandas sonoras de siempre me confirmó que era un genio inimitable, genuino. “Knockin’n the heaven’s door” saltó de la pantalla al Olimpo de la musica popular, haciéndose eterna en miles de versiones. Sin embargo la balada que atraviesa todo el filme contando la leyenda de Billy el Niño como una crónica al estilo de los viejos cantares de ciego es muy elocuente, quizás algo idealizada: «Hay pistoleros apuntándote al otro lado del río / agentes de la ley persiguiéndote, quieren capturarte / a los cazarrecompensas tambien les gustaria apresarte / Billy, no soportan que seas tan libre…»

Los delincuentes. Veneno. 1977.  Lo primero sorprendente fue la portada, con aquel ladrillo de hash de Ketama etiquetado como Veneno. Lo segundo, por fin alguien escribía letras en castellano que no eran de amor ni lineales, tenían un punto de surrealismo y un trasfondo cómico, de gente que disfrutaba del sol, de los porros y los ácidos. Andaluces, pero sin la grandilocuencia de Triana ni la densidad del cante jondo. Hoy, treinta y siete años después sigo sabiendo la letra entera de esos «delincuentes que a veces comen en frío y otras en caliente, roban todos los días dos coches, uno por la mañana y otra por la noche…»

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